La península del tesoro

            Después de un lustro de aspavientos, indignación, litigios, y no poco cachondeo, el tesoro de la fragata “Nuestra Señora de las Mercedes” ha llegado por fin a España; ciento noventa y dos años después de partir del puerto del Callao, allá en Perú, donde fueron acuñadas sus 500.000 monedas de oro y plata con el regio perfil del entonces rey Carlos IV de Borbón, que ya son ganas de acuñar. Tiene cierta gracia, que al cabo de dos siglos este hecho coincida con el juicio por malversación de fondos públicos de otro miembro de esa misma familia, que en su momento llevó a este país a la ruina. Pero no es esto a lo que voy -aunque si alguien tiene ganas de sacarle punta al asunto, se puede divertir un rato haciendo paralelismos-, si no a abundar un poco sobre lo de antes, es decir la indignación, el latrocinio y todo lo demás.

            Recuerdo que cuando se descubrió el pastel del Odyssey, coincidió con el lanzamiento de mi primera novela, que también va de cazatesoros submarinos, y a cada entrevista que concedía en mi peregrinaje por radios, televisiones y redacciones, de forma invariable el periodista en cuestión me preguntaba mi opinión sobre el caso. De haber tenido más maña, bien podría haber soltado algún exabrupto políticamente incorrecto al respecto, y quién sabe si ganarme con ello algún titular y así subir un tanto por ciento las ventas. Pero yo, pardillo en esas lides, procuraba irme siempre por los cerros de Úbeda y remitirme a la legislación vigente y todas esas bobadas, pensando en aprovechar el limitado tiempo de la conversación en hablar de lo que me interesaba de verdad, o sea, de mi libro. Hoy sin embargo, aunque a algo destiempo, sí que voy a decir lo que pienso y contestar casi cinco años más tarde a la pregunta que entonces me hicieron y no respondí.

            Lo cierto es que no soy arqueólogo subacuático, ni tengo más allá de unas pocas nociones sobre la legislación a la que en aquel tiempo aludía, así que si algún arqueólogo u arqueóloga, conservador de museo marítimo, abogado del estado o similar, estima conveniente enmendarme la plana o mentarme los muertos respetuosamente, lo entenderé. El caso, es que no acabo de entender el asunto. El barco de marras llevaba casi doscientos años enterrado en el fango, a tiro de piedra de las costas españolas, del mismo modo que varias decenas –por no decir centenares- de otras naves cargaditas de oro hasta los topes, salpican nuestras costas desde Algeciras a la ría de Vigo. Estoy hablando de unas 2.000 toneladas de oro en monedas y lingotes, amén de piedras preciosas y reliquias que, sumado todo su valor, superaría en mucho el déficit presupuestario que nos ha traído estos lodos. Y lodo precisamente, es lo que cubre lo que queda de todos estos barcos de los que nadie parece acordarse, más que cuando es una empresa extranjera la que pone la codicia, los medios y los huevos para recuperar la valiosísima carga de sus bodegas.

            El argumento para tachar a estos buscadores de tesoros como piratas, es que mentían respecto a sus intenciones –lo cual es cierto-, se pasaban por el forro las leyes españolas –cierto también-, y que les traía al pairo el aspecto arqueológico del asunto, estando sólo interesados en los beneficios económicos –requetecierto-. Pero lo que me pregunto, es por qué demonios el estado español no se ha decidido a recuperar del fondo marino, todos estos tesoros que ahora reclamamos dándonos golpes en el pecho alegando la españolidad de un oro que, tampoco está de más decirlo, fue extraído y acuñado en la minas sudamericanas. No me vale el argumento de la necesidad de conservarlo tal como está, porque de los barcos de madera ya poco queda tras siglos de pudrirse bajo el agua, y porque los cargamentos, puestos a conservarse, sin duda se conservarían mejor en un museo, y de paso los podríamos estudiar y disfrutar –al menos los pocos que vamos a museos, pero ese ya es otro cantar-.

Los inconvenientes para tomar el toro por los cuernos y recuperar las inmensas riquezas que yacen frente a nuestras costas, en realidad son sólo dos: Por un lado, el costo de la empresa, pues recuperar los cargamentos de estos pecios requiere una inversión a medio plazo que ningún político se atreve a financiar, aunque como ya se ha visto, reporte pingües beneficios. Un inconveniente, por otro lado, fácilmente salvable con sólo llegar a acuerdos con empresas especializadas como la misma Odyssey, y repartir los riesgos y beneficios del rescate, a condición de incorporar al equipo de recuperación arqueólogos e historiadores que velen por el buen hacer en el yacimiento.

El otro inconveniente, por desgracia, se me antoja casi insalvable, pues requeriría de alguno estos políticos nuestros que corretean por la piel de toro, se sacara el dedo del culo y tomara cartas en el asunto, haciendo de la recuperación de los miles de millones de euros que tenemos por ahí tirados –unos 100.000 millones de euros para ser más precisos-, y que tanto bien nos haría tener guardaditos en la cámara acorazada del Banco de España, un asunto de estado.

En realidad, y visto que si no les supone un beneficio propio e inmediato, en este país no hay –ni ha habido- cargo público que se salga un milímetro del estrecho carril de sus obligaciones inevitables, que va de las oposiciones imberbes a la jubilación anticipada. En realidad, decía, sería interesante el experimento de situar al frente de tan audaz empresa, a algún ex presidente de comunidad autónoma, ex alcalde, o ex yerno real ducho en pelotazos –obsérvese el hábil doble sentido-, que tras algún juicio por avaricia mal entendida, haya podido verse engrosando las listas del paro.

Nos iría que ni pintado, que algún personaje de tal corte sucumbiera al embrujo del deslumbrante oro y, ante la perspectiva de trincar algún que otro lingote, empezara a tirar de amiguismos e intereses –que es como funcionan aquí las cosas, huelga decirlo- logrando así, lo que ningún otro en más de quinientos de años. De ese modo, el susodicho podría “despistar” algún dinerillo para reformarse un palacete; el gobierno -nacional, autonómico, provincial, comarcal, municipal, y de asociación de vecinos- se colgaría las medallas; la economía española tendría más “fondo de armario” –“fondo de cámara acorazada” suena fatal-, y hasta la señora Merkel estaría feliz al vernos con algo más de dinero en el bolsillo –es un decir-. Todos contentos, en fin.

Así que, mi opinión es esa. Recuperemos las inmensas riquezas que se están muriendo de risa frente a nuestras costas estúpidamente, aunque ello suponga romper algunos tablones podridos, o llegar a acuerdos comerciales con los que tan despectivamente llamamos cazatesoros, pero que bien nos podrían ayudar a salir del apuro en que casi todos nos encontramos. ¿O es que vamos tan sobrados, que parecería poco decoroso enfangarnos –real y burocráticamente- por sólo 100.000 millones de euros?

FERNANDO GAMBOA

www.fernandogamboaescritor.com

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