Trabajadores y empresarios

Hace unos meses, estando de viaje escuché una entrevista en una cadena de televisión norteamericana. Una entrevista a su enviado especial en España, para que les explicara el motivo de nuestra crisis y el porqué de nuestro desempleo endémico. La respuesta del periodista, tras explicar las circunstancias particulares de nuestra economía que todos sabemos, apuntó algo que he recordado en estos últimos días. España –dijo-, es un país de funcionarios; casi todo el mundo aspira a serlo, y hasta lo que no lo son, piensan como tales.

Seguramente tal afirmación es exagerada, pero me temo que el colega no andaba muy desencaminado.

Para que una sociedad cree riqueza –y en consecuencia, empleo-, se ha de fomentar la iniciativa de los potenciales empresarios y crear una cultura de respeto y apoyo a los emprendedores, en lugar de hacer aspavientos y acusarlos de enriquecerse con el sudor de nuestra frente.

Excepción hecha de los bancos y las multinacionales –de los que muchos de sus directivos deberían estar pudriéndose en la cárcel, pero de eso ya hablaremos otro día-, el noventa y cinco por ciento de las empresas de este país son PYMES o autónomos; es decir; ciudadanos de a pie, que un buen día decidieron arriesgar sus ahorros, su hipoteca, o su plan de pensiones, con la esperanza de hacer algo por ellos mismos y dejar de ser asalariados. La mayoría fracasan, pero algunos, a veces tras el segundo, cuarto, o duodécimo intento, logran salir adelante y crear una empresa que les da lo suficiente como para vivir, con la esperanza de que con el tiempo conseguirán que todo el esfuerzo y trabajo empleado, será recompensado.

Esto, ni más ni menos, es lo que tiene en la cabeza un emprendedor al crear su empresa: tener un negocio propio, ser su propio jefe, y a cambio ganar dinero con ello.

Sí, ya sé que es una obviedad, pero en demasiadas ocasiones parece que se nos olvida, que el objetivo de un empresario no es dar empleo, igual que tampoco es esa la preocupación de un bombero, o de un dependiente de zapatería. El empleo, aunque parezca de perogrullo, es una consecuencia del éxito de la empresa, y de la necesidad que ésta tenga de contratar trabajadores, no la finalidad última de ésta.

Es por esto que, cuando escucho repetir como un mantra, aquello de que “los empresarios deben crear empleo” y cosas por el estilo, no puedo evitar pensar que, el que lo dice, probablemente no ha creado nada por sí mismo en su puñetera vida. Y mucho menos, un empleo.

Los empresarios –insisto, multinacionales y bancos aparte- bastante hacen con mantenerse a flote y crear riqueza, y cuando les va bien, en lugar de señalarles con el dedo de la envidia por el éxito que los demás no hemos conseguido, lo que deberíamos hacer es aplaudirles y seguir su ejemplo. Si todos los españoles lleváramos dentro un emprendedor en lugar de un aspirante a funcionario, seguramente otro gallo nos cantaría.

El empleo no es algo que caiga del cielo, ni algo que pueda dictar el estado a golpe de decreto, ni un parque de atracciones al que los ricos nos prohíben la entrada. Seamos serios. El empleo como ya he dicho antes, es una consecuencia de la buena marcha de las empresas, y punto. No hay más donde rascar. Si las empresas van mal, no habrá trabajo por muchas manifestaciones que hagamos. Así que ¿qué importancia tiene al cabo, que los despidos sean indemnizados con veinte, treinta o cincuenta días? Si no se generan nuevos puestos de trabajo porque empresas que las están al borde de la quiebra, este es un debate bizantino. Es como estar discutiendo en la cubierta del Titanic, si los violinistas deberían tocar a Vivaldi o Puccini. Lo que importa, señores, es que el barco siga a flote.

Si las empresas son rentables (y reciben los créditos necesarios por parte de los bancos para seguir funcionando, que esa es otra), contratarán nuevos empleados. Pero si el negocio en cuestión se va a pique, inevitablemente despedirán a sus trabajadores antes de bajar la persiana. No hay vuelta de hoja.

La única manera de generar empleo y que este se mantenga a largo plazo, es fomentar la creación de nuevas empresas -sin ir más lejos eliminando las trabas burocráticas, pues por poner un ejemplo, formalizar una nueva empresa en España necesita casi tres meses, mientras en otros países se tarda menos de veinticuatro horas-. Todo lo demás, son discursos vacíos, juegos de manos y brindis al sol.

Y un apunte final. Si queremos que esas nuevas empresas con sus nuevos empleos, no se vengan abajo con la siguiente crisis, hemos de apostar decididamente por la cultura, la innovación y el desarrollo, tanto en la inversión privada como en la pública. Recortar los fondos para educación o investigación (que porcentualmente ya son los más míseros de la UE) para poner parches a las cuentas públicas, es la mayor estupidez que puede hacer un gobierno, pues lo que se hace es condenarnos a ser en el futuro un país de paletas y camareros.

Resumiendo: El empleo ni se crea ni se destruye. Lo que se crea y destruye son empresas, que a su vez son las que contratan a los trabajadores. Por ello, las políticas de creación de empleo y las reclamaciones sindicales, sólo tienen sentido si están destinadas a facilitar la creación y el funcionamiento de las mismas.

En este país, hemos de dejar de hablar de trabajadores y empresarios como si fueran razas aparte. La gran mayoría de los empresarios han sido antes trabajadores por cuenta ajena; y la gran mayoría de asalariados, también podrían ser empresarios si se lo propusieran. Esas diferencias artificiales y engañosas son propias de principios del siglo pasado, y mirar al tendero de la esquina o al dueño de una fábrica de tornillos, como unos avaros que solo buscan el beneficio propio en lugar de repartir sus bienes entre los pobres como buenos cristianos, es un ejercicio tan hipócrita como estúpido. Son ellos los únicos que nos pueden sacar de esta crisis, así que ayudémosles y sigamos su ejemplo, en lugar de criticarlos y ponerles palos en las ruedas.

Fernando Gamboa

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