Crónicas australianas

Ya hemos cruzado ansiosamente el umbral del año nuevo, deseando dejar atrás un 2012 que finalmente no ha traído el Fin del Mundo, pero que sin embargo a punto ha estado de acabar con nuestra paciencia. Especialmente con la de los españoles, que hemos sufrido un annus horribilis a manos de agencias calificadoras incalificables, miserables banqueros sin escrúpulos, y políticos de raleas varias que van desde los profundamente incompetentes y papanatas, a los mentirosos reincidentes que sin empacho alguno nos bajan los pantalones día sí y día también, para darnos por culo mientras recitan aquello de “me duele más a mí que a ti” o, “esto lo hago por tu bien”.
Sea como sea, el caso es que nos han jodido bien este año que se acaba de marchar entre abucheos, y el que acaba de empezar, con el estigma de acabar en trece, está llamando a la puerta con una sonrisa en los labios y un enorme bote de vaselina entre las manos. Me da mala espina, la verdad.

Estas líneas las escribo desde Australia, a donde he llegado hace tres semanas, y aunque apenas he tenido oportunidad de trabar conversación con los nativos -en parte por culpa de mi inglés de estar por casa, en parte por el endemoniado acento en el que parecen recrearse-, ya me he podido dar cuenta de algo interesante: Las cosas, no tienen por qué ser como son en la vieja piel de toro.
Es decir. Llevamos tantos años (por no decir siglos), en manos de una oligarquía político-económica-funcionarial aberrante, inculta, ruin y apoltronada, que en ocasiones podemos llegar a creernos que eso es lo que hay, y que no puede ser de otra manera.
Pues no, señores. Les digo desde el otro extremo del mundo, con la sana perspectiva de la distancia, que no ha de ser así. Que pueden existir políticos sensatos y temerosos de sus votantes; empresarios responsables y decididos a apoyar la comunidad en la que viven; jueces independientes que dictan sentencias sin mirar la cuenta corriente ni el carnet del partido, y ciudadanos todos, en fin, que entienden el patriotismo como una forma de trabajar hombro con hombro con el vecino, para salir adelante en tiempos difíciles. Nada que ver con los patrioteros de peineta, misa de a doce y palco en el Bernabéu, que nos pasan por la cara la bandera y la constitución después de limpiarse el culo con ella.
Les informo desde las antípodas, con un hálito de esperanza, que hay gentes felices que no trabajan diez horas al día, que no han de preocuparse cada vez que ven a su presidente afirmando mentiras en televisión, ni se arruinan el resto de su vida por una hipoteca que repentinamente no puedan pagar y sintiéndose culpables por haber anhelado vivir por encima de sus míseras posibilidades.

Me he pasado buena parte de mi vida viajando, casi siempre a países de los que solemos llamar “Tercer Mundo”, y he visto el otro lado del espejo, la cara oculta de esa luna que nos tenía deslumbrados y sin dejarnos ver que estaba sembrada de cráteres. Sé lo que es sentirse como la mierda del mundo, porque he vivido entre las mismas moscas, así que, a pesar de lo que podamos creer, lo que en España llamamos crisis, en el noventa por ciento del orbe sería un sueño inalcanzable. Pero esto no nos ha de impedir compararnos también con nuestros vecinos de pisos más altos, y preguntarnos por qué ellos ahí, y nosotros aquí. Y la respuesta que se me ocurre, después de mirar a mi alrededor, es una sencilla palabra, que en España significa y ha significado siempre bien poca cosa: CULTURA.

La Cultura (siempre con mayúsculas) es la esencia de la civilización, lo único que nos distingue de las sociedades medievales o los trogloditas. No nuestros coches, nuestro iPad, o la ropa que llevamos encima, eso sólo es maquillaje; adminículos  innecesarios que usamos como forma de exhibir nuestro estatus, del mismo modo que hace veinte mil años se ponían sobre los hombros una cabeza de oso como demostración de autoridad. Fue la Cultura, la que con el paso de los milenios sacó a aquellos hombres de las cuevas y los llevó a construir casas, pueblos y ciudades, y fueron otros hombres, los que observaban, escuchaban y reflexionaban, no los brutos de garrote y collar de colmillos, quienes elevaron a nuestros pasados del nivel de cazadores y recolectores, a artesanos y comerciantes. La misma Cultura que dio luz a la Grecia demócrata (qué tiempos), al renacimiento, al fin de la esclavitud, o a la liberación de la mujer. Fue la Cultura, siempre la Cultura, y de nuevo tendrá que serlo.

Aunque lo pueda parecer, no será la economía o la dudosa ética de nuestros gobernantes la que nos saque del atolladero, sino la defenestrada Cultura. La ignorada por los apáticos ciudadanos que les dan el poder, dándoles licencia para manejarse a su gusto por que les cedemos responsabilidades y problemas que no queremos ni entendemos, precisamente por falta de… a ver si lo adivinan.

Un pueblo culto, es un pueblo libre y responsable de sus decisiones, que no permite que catetos y sinvergüenzas con corbata o alzacuellos decidan por ellos, sencillamente, por que unos electores que conozcan la historia propia y ajena, que hayan leído a Orwell, Homero o Kafka, que sepan que hay un mundo más allá de las fronteras de su terruño y más formas de entender la vida a parte de la que conocen o le muestran en la televisión, no les habrían votado jamás.

Un ciudadano culto, insisto, es un ciudadano libre y responsable, un ciudadano sin miedo a las crisis presentes o futuras, por que sabe que su vida no está en manos de otros, aunque nos quieran convencer de ello; un ciudadano que piensa y actúa por sí mismo, y en consecuencia, es temido por aquellos que manejan los hilos del poder a su antojo y beneficio.

Mi descubrimiento al llegar a Australia, ha sido constatar que existen países con ciudadanos así, y lo que me pregunto es: ¿Cuántos de ellos hay en España? ¿Es usted uno de ellos?

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