Huevos en la carretera

     Para aquellos que crean que va a leer un panegírico alabando los atributos masculinos de aquellos que conducen a tumba abierta por una carretera de montaña, o disfrutan adelantando camiones articulados en noches cerradas de niebla al llegar a un cambio de rasante, les aviso que van muy errados; así que mejor se ahorren esos preciosos minutos que tan valientemente se han ganado al volante, y lo dediquen a golpearse la cabeza con una puerta, pillarse los huevos con la cremallera del pantalón, o cualquier otra cosa a la que suelan dedicar su tiempo libre.

Muy al contrario, esta entrada en el blog la voy a dedicar a compartir con todos ustedes, un nuevo descubrimiento de los muchos que se van sucediendo durante mi estancia en esta lejana y singular isla llamada Australia. Unos días atrás, mientras regresaba a casa por una carretera del lejano oeste australiano, pasamos junto a un cartel colocado en el arcén, y vi que sobre una caja de cartón, un sencillo cartel rezaba “EGGS $6”; es decir, “Huevos $6”. Le pregunté a mi anfitriona que iba al volante, con diez años de residencia en el país, qué quería decir ese cartel en medio de la nada, y encogiéndose de hombros me explicó como si tal cosa, que era una venta de huevos. Pero no un anuncio de que, en un lugar próximo, un señor detrás de un mostrador los vende con una sonrisa en la cara, si no que en esa caja que se empequeñecía en el espejo retrovisor, habían paquetes de docenas de huevos que los conductores que por allí pasaban, si querían, podían detenerse al lado y llevarse los que necesitaran, dejando en un cestito el dinero estipulado -en este caso, 6 dólares por una docena- en la misma caja. “Eso es normal aquí” me explicaba mi amiga, mientras yo trataba de adivinar si me estaba tomando el pelo “¿Y todo el mundo paga?” -pregunté- “”Claro” -contestó- “¿Y nadie detiene el coche para llevarse los huevos y el dinero de la cesta?” -insistí. Y esta vez, su respuesta fue una media sonrisa piadosa, seguida de una contundente aclaración: “Esto no es España, Fernando”. Y no. Ciertamente, no lo es.

Ejemplos como este los hay a espuertas en este país donde mucha gente sale de casa y deja la puerta abierta, los policías son rara avis, y la seguridad privada brilla por su ausencia. Cierto es que no todo el país es así, que también los “aussies” tienen sus propios defectos, y que esto no es Utopía (aunque a veces lo parezca). Pero no es a eso a lo que me vengo a referir.

En el mes y poco que llevo en estas tierras, ya he podido comprobar la existencia de un abismo de valores, entre Australia y la España que me vio nacer. Dos países que se encuentran, si cabe, más alejados en lo tocante a civismo y sentido comunitario (y común), que en lo que a kilómetros se refiere. Si en el artículo anterior aludía a la cultura como la madre del cordero, en este quiero señalar a su primogénito, el civismo. Es decir, las pautas de comportamiento que nos permiten vivir convivir a unos con otros.

Los políticos o banqueros imbéciles y sinvergüenzas de los que nos quejamos día si y día también, no son sino un reflejo fiel del país y la sociedad que los ha parido y criado. Aunque nos duela e indigne, no tiene sentido que señalemos pajas en ojos ajenos, mientras nos hacemos trampas al solitario y pensamos que nuestros pedos no huelen.

Hasta que llegue el día en que los españoles dejemos de preguntarnos por qué los demás son como son, y nos preguntemos por qué somos como somos como individuos.

Hasta el día en que encontremos una cartera caída en el suelo, y no miremos a lado y lado para ver si hay alguien mirando.

Hasta el día que dejemos de recitar el “ande yo caliente”.

Hasta el día en que nos preocupemos por nuestros vecinos y conciudadanos respetando sus libertades y derechos tanto como reclamamos que se respeten los nuestros, no habremos dado ese paso adelante para convertirnos en una sociedad más justa y civilizada.

Hasta que ese día llegue, en fin, no podremos dejar los huevos en la carretera.

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