ESPECISMO

¿Qué es el especismo?
En realidad la respuesta es muy sencilla, pero para que tenga sentido en toda su acepción, creo necesario dedicar unas líneas previas a hacer algo de historia.

En los últimos siglos, la raza humana mal que bien ha tratado de corregir los desmanes propios de su naturaleza, desarrollando una ética que pudiera aplicarse a todos los individuos y en todas las circunstancias. Una suerte de moral universal, aplicada no siempre con acierto y casi nunca a tiempo, pero hemos de reconocer que, en general, nos ha llevado hacia adelante como especie y como civilización. Por un largo y tortuoso camino teñido con la sangre de nuestros antepasados, cierto, y plagado de profundos baches y oscuros e incomprensibles meandros, pero del que, visto en perspectiva, en general podemos sentirnos satisfechos.
A lo largo de nuestra historia hemos tendido largos puentes para salvar abismos, que en su momento parecían obstáculos ficticios e intolerables para unos pocos, y fronteras naturales e insalvables para la mayoría. Razón última, por la que los primeros siempre han tenido que regar con su sangre el árbol de la libertad y la justicia, hasta que los segundos han descubierto que, lo que ellos tomaban por simas insondables, no eran más que el tenebroso reflejo de sus miedos e intereses.
De ese modo hemos ido dejando atrás irrefutables conceptos y arraigadas creencias, que hoy nos cuesta incluso imaginar que en algún momento, fueran no sólo aceptadas sino ensalzadas, como parte insoslayable de nuestra sociedad.
Piensen si no, en lo lejos que nos queda ya la lacra del esclavismo -aunque en ciertas partes de África y Asia, se siga practicando de modo más o menos encubierto-, que redujo a millones de seres humanos a la condición de meros objetos sin derecho alguno. Objetos que podían poseerse, venderse, usarse del modo que se eligiera, e incluso eliminarse sin mayor desazón de las que no supondría deshacernos de un mueble viejo. O aproximándonos más en el tiempo, podríamos citar el fascismo o el racismo, que si bien aún están en fase de superación, a nadie en su sano juicio se le ocurre defender sus bondades caso de tener alguna, y socialmente van camino de la extinción y terminar solo como bochornosos capítulos en los libros de historia.
Desde luego, y aunque como he dicho antes el camino ha sido largo pero positivo, aún nos quedan infinidad de ismos que superar, algunos incluso, que amenazan nuestra misma existencia en la faz de la tierra y que aún no hemos llegado ni a identificar.

Pero permítanme que hoy dedique estas líneas a un ismo del que apenas somos conscientes, y que tan arraigado se encuentra en nuestra memoria genética que somos incapaces no ya de calificarlo como una inmoralidad a corregir, sino que, aun cuando nos lo señalan con el dedo, somos apenas capaces de percibirlo aunque lo tengamos frente a nuestra narices. Y esto es, como no, el especismo.
El especismo, es la discriminación de otros seres vivos a la categoría de simples objetos sin derecho a la libertad y a la vida, por el mero hecho de pertenecer a una especie diferente a la nuestra.
Es la miserable prolongación en el tiempo, del largo y pegajoso tentáculo de la esclavitud.
La misma ética retorcida que les servía a los esclavistas de entonces -amparados en la religión y la pseudociencia-, para negar el alma, la inteligencia, o la mera capacidad de sentir a ciertos seres humanos por tener un origen o color de piel diferente, es la que hoy en día nos salvaguarda de la ignominia que supone el uso y disfrute por parte del homo sapiens, de todas las demás especies animales del planeta.
Igual que sucedía hace siglos, la inmensa mayoría de la población simplemente no se planteaba este dilema moral, y a la sombra de argumentos absurdos, se daba por hecho cierto que los hombres de tez negra ni eran ni merecían ser tratados como humanos; así que poseerlos, venderlos, usarlos, o matarlos no implicaba ningún dilema moral, más allá del inconveniente de enterrar el cadáver.
Exactamente igual, que sucede hoy en día con los animales.
Gracias a nuestra infundada arrogancia cultural y la nefasta influencia de la religión, hemos dado por hecho que los billones de seres vivos que pueblan la Tierra no tienen otro derecho que el de servirnos para nuestro beneficio, y que más allá de nuestras necesidades, su existencia carece de sentido alguno.
Asumimos como una verdad tan cuestionable que no llegamos ni a planteárnosla, que; los toros sólo existen para ser toreados; los animales de granja para darnos leche, huevos y servirnos ellos mismos como alimento; los caballos, los bueyes o los burros para ser animales de carga; los peces del océano para ser pescados sin tregua hasta su extinción. E incluso los animales de compañía, aquellos a los que muchos consideramos parte de nuestras familias, no dejan de ser una posesión de aquellos que los crían y alimentan. Por mucho que los queramos, damos por sentado que somos sus amos y ellos nuestra propiedad.
¿No les suena eso de algo?
Porque ¿dónde situamos la frontera entre aquellos seres vivos que merecen ser respetados, y los que no?
Afortunadamente, hace ya tiempo que aceptamos como una inmoralidad e incluso un delito, el maltrato a aquellos animales que tenemos más cerca. Un psicópata -porque no merecería otro calificativo- que torturase y matara a un perro, por poner un ejemplo, inmediatamente será señalado como culpable de un crimen y, en función de la legislación de cada país, juzgado con mayor o menor severidad. Pero lo veríamos como un criminal, en cualquier caso.
Entonces ¿por qué nos detenemos ahí? ¿Dónde está la línea que separa el crimen de la impunidad? ¿Por qué nos parece abominable que un hombre mate a sangre fría, descuartice, y luego devore a su propio perro, pero no parece lo más normal del mundo que suceda lo mismo con un cerdo?
¿Por qué? El argumento de la inteligencia no nos sirve, pues está demostrado que los cerdos son tan inteligentes como los canes, y desde luego mucho más que un caballo o un gato.
Entonces ¿por qué? ¿Porque son más graciosos? ¿Porque nos dan la patita?
¿Es esa la vara de medir que tenemos para el resto de seres vivos que pueblan el planeta Tierra, y que llevan ocupándolo mucho más tiempo que nosotros? ¿Que nos caigan simpáticos?
Los humanos somos una especie animal. Una más entre millones, sin más derechos sobre las demás que el que nos hemos arrogado para aprovecharnos vilmente de su menor inteligencia. Como si fuéramos vulgares matones entre niños, haciendo un uso brutal e injustificado de su fuerza.
No solo hemos esclavizado a muchas de estas especies, explotándolas para trabajos forzados casi siempre en las peores condiciones imaginables y desde el día que nacen hasta el que mueren. Además, a muchas las usamos como simple alimento, ignorando el indecible sufrimiento que padecen a lo largo de sus tristes vidas en granjas de engorde, hasta el momento en que son sacrificados sin miramientos para satisfacer nuestro apetito de carne.
Porque estos animales, aunque no queramos reconocerlo, sienten. Sienten dolor. Sienten miedo. Siente la soledad y el horror de su existencia hasta el día en que los matamos. Y muchos, además, son tan inteligentes como para ser conscientes de ello, y el espanto aún se multiplica si cabe.
No queremos verlo. Meneamos la cabeza buscando argumentos con los que escudar nuestra mala conciencia, pero en el fondo sabemos que es así. Cualquier persona con una mínima sensibilidad, cualquier persona que haya compartido su vida con un perro, un gato, un caballo, habrá podido ver en los ojos del animal la tristeza, el dolor, la soledad, la alegría incontenible, la felicidad sin medida ni coartadas que son capaces de sentir, más allá de nuestra limitada capacidad para apreciarla.
Los animales sienten, lo queramos ver o no.
Sienten y por lo tanto, si se les lastima, sufren.
Cada uno de nosotros, directamente o implícitamente cada vez que compramos unas chuletas o un filete, estamos provocando el sufrimiento, el dolor y la muerte de un ser vivo sintiente y hasta cierto punto, inteligente.
Somos cómplices de practicar el especismo, como dos siglos atrás, los que compraban algodón de las plantaciones confederadas o cacao de las colonias europeas en África, eran cómplices del esclavismo.
Cómplices y culpables conscientes, pues nadie puede alegar que no sabe de dónde viene la carne que se come, si no es del cuerpo de un animal que ha tenido que morir para ello.

Dicho esto, no está de más recordar que hay alternativas alimenticias que excluyen la carne, y cientos de millones de vegetarianos en el mundo pueden dar fe de ello. De modo, que no cabe la excusa de la necesidad.
Comemos carne porque nos gusta, porque nos satisface comer carne, y porque nos da exactamente igual que aquellos que ponemos en el plato haya sido un ser vivo, que ha sufrido una vida de encierro a la que no condenaríamos ni a peor de los delincuentes, para terminar siendo sacrificado y servido a trozos en una bandeja de poliuretano del supermercado.
Pero esto no tiene por qué continuar siendo así.
No espere a que otros tomen la iniciativa.
Suya es la decisión de respetar y cambiar ligeramente su modo de vida, para que evitar el sufrimiento innecesario de los miles de seres vivos que sufrirán y morirán por su culpa.
En su mano está, que algún día sus descendientes no piensen en usted como un bárbaro sin remordimientos, que anteponía su placer, al dolor y la muerte ajena.
En su mano está a partir de este momento, considerar al resto de seres vivos de este pequeño planeta azul, como habitantes a los que debemos el mismo respeto que esperamos para nosotros.
Compañeros de viaje de este pequeño y único hogar que todos compartimos, llamado Tierra.

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