LIBRES

     Seguramente no es la mejor idea del mundo, pero estoy despierto desde las cinco de la mañana, aún no se me ha pasado la mala uva que me ha hecho levantarme de la cama a una hora tan intempestiva, y no se me ha ocurrido otra cosa que ponerme a escribir esto.
Por alguna razón, esta noche mi subconsciente ha aprovechado un breve desvelo para colarse por la puerta de atrás de mi frágil sueño, y obligarme a rememorar una declaración que había escuchado en las noticias, en boca del ministro Gallardón. Una declaración, apelando a que la nueva ley del aborto que está promoviendo tiene entre otras finalidades, defender a la mujer y su libertad para tener hijos.
Al escuchar tal despropósito por primera vez, pasé del pasmo a la incredulidad y de ahí a la indignación, en menos de lo que tarda en despertarme el gallo de mi vecino. Y esa misma sentencia comenzó a repetirse inoportunamente en mi cabeza esta mañana, una y otra vez, hasta que me vi obligado a levantarme y ponerme a zapear como un zombi durante horas, hasta que la ira dejó paso a una más manejable exasperación que poder expresar con palabras, y no con una escopeta del doce como tenía planeado.

Por desgracia, hemos llegado a un punto en que nada sorprende ya de este gobierno que estamos sufriendo como unas pertinaces hemorroides. Como presos en una prisión de la que no alcanzamos a ver los muros, lentamente asumimos con agotado estoicismo cualquier nueva barbaridad, engaño, robo, mentira o violación de nuestros derechos que comete día sí y día también, un ejecutivo compuesto en su mayoría por corruptos, sinvergüenzas, clasistas, condescendientes, hipócritas, y meapilas.
La penúltima necedad de estos paletos mojigatos de nueva generación, es la incomprensible reforma de la ley del aborto, cuyo único fin es satisfacer al clero español y sus acólitos integristas cristianos. Una minoría de compatriotas abonados a la retórica religiosa sin sentido, empeñados desde hace siglos en imponer sus creencias supersticiosas al resto de la sociedad, amparados como siempre, tras la sucesión de políticos catetos y reyes idiotas que nos ha tocado soportar desde tiempos inmemoriales.
He de confesar, que no hace mucho miraba hacia países como los Estados Unidos con un absurdo sentimiento de superioridad moral, al ver cómo en partes de ese país se dictaban leyes que rimaban con la Biblia, mientras en sus escuelas enseñaban el creacionismo como una teoría plausible, otorgándole la misma credibilidad que a la teoría darwiniana de la evolución. Chasqueaba entonces la lengua meneando la cabeza, decepcionado por el incomprensible peso que la religión ostenta en ese país.
Pero mira tú por dónde, en solo un par de años de gobierno del Partido Popular, España está a punto de retroceder treinta años en el derecho de la mujer a decidir libremente sobre su propio cuerpo, esgrimiendo argumentos en una neolengua capciosa y hueca, que parece copiada literalmente de la novela 1984 de George Orvell. Cuando escuché a nuestro Ministro de Justicia declamar en el Congreso, que la verdadera libertad de la mujer consiste en no poder decidir por sí misma, juro por Dios que me eché a temblar.

Y ahora me pongo a hacer números, y palabra que no me salen.
Como el resto, he sido testigo de las hordas de creyentes llenando calles y plazas ante cada visita del Papa, cientos de miles de ellos, endomingados y predicando su moralina de andar por casa a todos aquellos que no tienen ningún interés en escucharlos. Pero aún así, no me salen las cuentas.
Cada vez que me asomo a una iglesia -y lo hago con frecuencia-, se me hace raro encontrar a más de a un puñado de viudas septuagenarias ocupando los primeros bancos del templo, atendiendo adormiladas a un cura aún más anciano que ellas.
Así que ¿dónde están los demás? Los millones de ciudadanos que supuestamente avalan esta nueva e inoportuna –que esa es otra- ley del aborto ¿Son como las modelos de los anuncios de lencería, a las que imagino habitando en otra dimensión? ¿Sumarían entre todos ellos, la mayoría que deberían ser para que se modifique una ley que afectará de manera tan determinante a la totalidad de la población de este país?
Insisto, llevo toda la mañana haciendo cuentas, y no me cuadran los números ni de lejos.
Quizá, al final del razonamiento de los impulsores de esta reforma, más allá de las paparruchas democráticas, se encuentre el íntimo convencimiento de que la ley del aborto solo afecta a las mujeres, y que al fin y al cabo estas no son más que las hembras de la especie, cuyo hábitat debería restringirse en la medida de lo posible a la cocina y el paritorio -y los prostíbulos discretos, por supuesto-. Es decir, que por alguna malhadada conjunción astral nos ha tocado en suerte un gobierno retrógrado, machista y clerical, que valiéndose de la desesperación de millones de ciudadanos que les votaron, con la esperanza de que tenían la fórmula para superar la crisis económica… –denme un segundo que tome aire-. Pues decía, que están aprovechado que el Pisuerga pasa por el Vaticano, para endilgarnos una ley profundamente machista y religiosa, en un país que es constitucionalmente laico. Otra vez.
Ojalá algún día seamos capaces de sacudirnos estas pulgas que llevan chupándonos la sangre desde hace quinientos años, manteniéndonos permanentemente enfermos e incapaces de seguir el ritmo del resto de naciones de nuestro entorno.
Hasta el día en que nos libremos de esa carga de caciques con bonete, que secundados por una infame casta gobernante nos mantiene hundidos en el pozo de la ignorancia; hasta que ese día llegue, creo yo, no podremos aspirar a ser un país realmente libre.

FERNANDO GAMBOA
@Gamboaescritor

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