Corruptĭo

Hará cosa de unos diez años, escribí un libro de viajes que no llegué a publicar titulado Corazón Maya. Dicho libro relataba parte de un viaje por Guatemala, un país hermoso pero devastado por la naturaleza y los hombres, en el que llegué a vivir durante dos años y del que marché jurándome a mí mismo no regresar jamás.

La razón para tan contundente decisión, es que Guatemala era –y me temo que lo sigue siendo- un país arruinado en manos de una élite despiadada, donde la violencia de todo tipo es ejercida sin límite tanto por las mafias delictivas, como por el gobierno y el ejército -aunque en la mayoría de las ocasiones, los tres son la misma cosa-. Decía que escribí este libro hace ya tiempo, pero esta semana y mientras lo corregía para su futura publicación en Amazon, releí un fragmento que me dejó turbado, y que reproduzco a continuación:

Quizá, sin embargo, la mayor lacra que atenaza este país, aún más que la violencia o el racismo, es la corrupción. Infiltrada en todos los estratos de la administración, va desde el vértice de la pirámide del poder hasta el funcionario de ventanilla o el policía local, que viendo cómo políticos y jueces se dejan untar sin ningún reparo, no ven por qué ellos, cobrando unos sueldos miserables, no pueden seguir su ejemplo. La corrupción institucionalizada paraliza a Guatemala, impidiendo cualquier inversión extranjera o nacional, pues el único criterio que las rige es el porcentaje del negocio que irá a parar a los bolsillos de políticos y funcionarios, descartando sumariamente cualquier empresa que no cumpla dicho requisito, por muy beneficiosa que pudiera llegar a ser para el país y sus ciudadanos.”

Afortunadamente –para los españoles-, esta descripción se refiere a un pequeño estado centroamericano a diez mil kilómetros de distancia, y cuando escribí esas líneas, lo hacía con el ánimo de denunciar y señalar con el dedo un mal endémico del que no todo el mundo era consciente; un cáncer ya imposible de extirpar, y que ha impedido e impedirá, que los ciudadanos de Guatemala salgan del pozo de miseria en que llevan hundidos cinco siglos.

Allí en Guatemala, una minúscula élite financiera, empresaria y funcionarial, vampiriza el trabajo y esfuerzo de los habitantes del país. Una oligarquía atrincherada en los órganos de gobierno, que al amparo de las deficiencias de la democracia han usurpado los poderes de decisión que corresponden a los ciudadanos, deformando la estructura del estado hasta hacerla encajar con sus intereses particulares. Una casta impúdica y deshonesta, que no tiene el menor interés en apartar al país que gobiernan de la senda de la miseria, ya que resulta mucho más sencillo regir a unos ciudadanos asustados, desesperados e ignorantes, que a otros tranquilos, satisfechos y cultos.

¿Les suena de algo?

Esta era mi descripción de la situación en Guatemala, y a día de hoy, meneo la cabeza al recordar cómo por aquel entonces y en mi infinita ignorancia, creía que solo en países lejanos y analfabetos, era posible que un gobierno manifiestamente corrupto pudiera mantenerse en el poder a despecho de la justicia, la opinión pública, y un mínimo sentido de la honestidad.

Pardillo.

Actualmente y por desgracia, ya todos tenemos –o deberíamos tener- claro que no es necesariamente así, y quizá sea culpa, de la errónea percepción que tenemos del fenómeno de la corrupción y sus consecuencias. No son pocas las veces, en las que he escuchado como alguien banaliza y hasta cierto punto excusa, los actos de corrupción de nuestros políticos, e incluso recuerdo perfectamente las palabras de todo un ministro del gobierno quitándole hierro al asunto, alegando que a la corrupción se le estaba dando demasiada importancia.

Y esto, amigos míos, es lo peor que nos podía suceder.

La corrupción es una constante alrededor de los centros de poder, aquí y en el resto del mundo. Allá donde haya un funcionario con poder ejecutivo, habrá un empresario o un financiero agasajándole, a la espera de recibir a cambio un trato favorable. Esto es absolutamente inevitable, como una ley física, pero lo que sí podemos impedir es que se lleve a cabo; pues aunque la legislación en cualquier país del mundo prohíbe taxativamente cualquier tipo de corrupción, la gran diferencia entre una sociedad corrupta y otra que no lo es, radica en cómo se aplica tal legislación.

En África, y en gran parte de Asia y Latinoamérica, la corrupción ha arraigado en todos los estamentos de la sociedad como una hiedra venenosa, y prácticamente ninguna actividad política, económica o social se puede llevar a cabo sin untar previamente a políticos y funcionarios. Allí ya se ha alcanzado un punto de no retorno, en el que la sociedad ha aceptado resignada estar dirigida y administrada por delincuentes, y como los exhaustos y desinformados ciudadanos ya han dejado de escandalizarse y pedir cuentas por ello, jamás se podrán librar de una corrupción que ya es endémica.

En la mayoría de los países occidentales, sin embargo, cualquiera que es acusado de corrupto es obligado a dimitir de inmediato, antes incluso de ser juzgado, como si de un acto reflejo se tratase. Esto no significa ni mucho menos, que no haya corrupción en dichos países, pero la posibilidad de que un cargo público haga uso de sus privilegios para enriquecerse a costa de los ciudadanos que le pagan el sueldo, resulta tan intolerable, que pocos son los que se quieren arriesgar a ser descubiertos, defenestrados públicamente, y finalmente encarcelados.

Pero en España, sin embargo, se está instalando progresivamente una justificada percepción de impunidad, en la que ser corrupto como mucho puede costar un par de imágenes en los noticieros. Como mucho.

Los partidos políticos a los que pertenecen dichos delincuentes no sienten que se les pase factura por ello; no se les expulsa de la administración o siquiera de los mismos partidos, y las pocas veces que terminan sentados en un banquillo, lo hacen con la absoluta tranquilidad que saldrán indemnes y en ningún caso serán declarados culpables. Así que ser corrupto en España a día de hoy, en el peor de los casos sale gratis, y por lo general redunda en pingües beneficios que terminan en una cuenta numerada de algún opaco banco suizo.

Resumiendo: la mejor descripción que se me ocurre de la corrupción, es que se trata de un cáncer. Una enfermedad que por lo general comienza de modo imperceptible, y que si no es detectada a tiempo y erradicada de raíz, se extenderá sin remedio por todo el organismo, devorándolo todo a su paso hasta terminar con la vida del paciente.

En España aún estamos a tiempo de evitar la metástasis, pero para ello debemos llevar a cabo una urgente intervención quirúrgica con la que extirpar y amputar sin que nos tiemble el pulso, todos los órganos enfermos. Y a continuación, de inmediato, una larga terapia de dirigida a todos los ciudadanos diametralmente opuesta al discurso actual de se le está dando demasiada importancia, para que todos tengamos muy claro, que no debemos consentir ni es más leve indicio de corrupción, pues si dejamos de combatirla con todo nuestro empeño, al igual que un cáncer, más temprano que tarde nos acabará matando.

Corrupción: (Del lat. corruptĭo, -ōnis). f. Acción y efecto de corromper. || Sinónimos: Descomposición. Putrefacción. Desintegración. Depravación. Vicio. Degeneración. Inmoralidad. Maldad. Indecencia. Infección. Peste. Abuso. Delito.


Fernando Gamboa.

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