EL PRECIO DE LA CULTURA

Cultura

Leía hace un par de días un artículo de prensa, a vueltas sobre el IVA del 21% aplicado en España al sector cultural (excepto al libro impreso, al que se le aplica un 4%) desde hace poco más de un año que ha perjudicado terriblemente al sector y, como era de prever, ha provocado un descenso de la recaudación a consecuencia del drástico descenso del volumen de negocio. Es decir, que al pretender recaudar más dinero a costa de la cultura ,Hacienda le disparó a las rodillas a una industria que ya padecía una terrible cojera.

Pues bien, diecisiete meses han tardado en darse cuenta de aquel grave error que fueron los únicos en no anticipar, y según parece, ahora se plantean reducir el impuesto del 21% al 10%  (antes estaba en el 8%) para todos los bienes culturales (cine, teatro, eBooks, etc), con la “contrapartida” de subir el actual IVA del 4% del libro impreso, también hasta el 10%.

Resumiendo: Van a cagarla de nuevo. Y lo triste es no creo que a nadie le sorprenda.

Ya no hablo de la incompetencia demostrada por un ejecutivo más preocupado en esconder su propia basura debajo de la alfombra, que en administrar un país en beneficio de sus ciudadanos. Estoy pensando en el desdén profesado por los gobiernos de todo pelaje hacia la cultura española desde la noche de los tiempos, y que salvo contadas excepciones, la han mirado siempre como lo haría un pastor solitario a su oveja más voluptuosa en una fría noche de invierno.

Nadie (o casi nadie) ha entendido jamás que la cultura en todas sus vertientes no es solo un negocio, como una fábrica de tornillos o un bar de tapas. La ganancia económica que genera es algo tangencial, solo una consecuencia derivada de la necesidad de arte y conocimiento de unos, la capacidad de generarlo o compartirlo de otros, y el justo pago por dicha labor. Y eso no es, ni de lejos, lo más importante.

El beneficio real de la cultura va mucho más allá de la contabilidad de Hacienda y la percepción inmediata que podamos tener de ella; hemos de dar un paso atrás y contemplar el panorama con perspectiva, para comprender lo que significa la cultura para los ciudadanos y la clase de sociedad que estos conforman en consecuencia. Porque esa, y no otra, es su verdadera importancia.

Hablar de Cultura (con mayúscula) no es hacerlo de la última subasta de pinturas de Van Gogh o en quién ha recaído el Premio Planeta de este año; esa es solo la espuma estéril que rebosa del vaso y que tanto gusta de señalar a los noticiarios. La Cultura es todo lo demás, lo que hay debajo hasta llegar al poso: todo lo que hemos aprendido como especie desde hace veinte mil años y nos diferencia de nuestros antepasados de pelo hirsuto y garrote al hombro. La cultura es aquello que pensamos, lo que decimos, la forma en que nos relacionamos con nuestros semejantes y hasta lo que soñamos. Sin cultura no seríamos nada, solo entes semiconscientes de si mismos que deambulan por centros comerciales en busca de satisfacer sus necesidades reals o imaginarias.

Esa cultura acumulada en libros, tablas de arcilla o pinturas rupestres, por hombres y mujeres que quisieron compartir aquello que habían aprendido a lo largo de su existencia, es lo que nos ha permitido crear sociedades complejas y convivir unos junto a otros de forma relativamente organizada y más o menos pacífica. Es la cultura la que moldea el mundo en que vivimos, en tanto que el mundo lo moldeamos nosotros y nosotros somos estamos forjados de cultura tanto como de ADN. Es el andamiaje que sostiene la civilización, y que nos ha permitido edificar nuestro pasado hasta el día de hoy; un pasado con más sombras que luces, pero que en unos pocos milenios nos ha llevado de fabricar cuchillos de obsidiana a desplegar robots sobre la superficie de Marte.

Eso es la cultura. Sin ella retrocederíamos en el tiempo de forma inevitable y perderíamos aquello por lo que hemos luchado. Regresarían el fascismo, el despotismo ilustrado, el absolutismo, la teocracia…  todas esas negras etapas que como civilización hemos ido dejando atrás únicamente gracias a la cultura y todo lo que de ella emana. Y si usted duda de que eso pudiera suceder, apelando a una suerte de inercia positiva que inevitablemente nos lleva hacia el progreso y la libertad, le sugeriría que, por ejemplo, eche un vistazo a las fotografías de Afganistán en los años setenta –sonrientes universitarias sin velo en un estado laico- y las compare con la situación actual de ese país –mujeres con burka y niñas rociadas con ácido por asistir al colegio-. O que repase los libros de historia y compare la luminosa Grecia de Pericles con la tétrica Edad Media, quince siglos más tarde. Aunque, qué diantres, quizá bastaría con buscar en la hemeroteca los periódicos de hace diez años y compararlos con los titulares de un día cualquiera del 2013. Quizá se sorprenda de la involución de las libertades que estamos experimentando en los últimos años, mientras los ciudadanos parecemos estar a otras cosas más importantes, como el costo de un fichaje de fútbol o el ganador del último programa de cocina de la tele.

Pues bien, si se pregunta por qué sucede alo tan grave y a nadie parece importarle, la respuesta es la que ya se imagina: la cultura, o para ser precisos la carencia de la misma. Dicho en plata: la ignorancia.

La ignorancia es la mejor herramienta de todos los tiempos para que las oligarquías políticas, económicas o religiosas puedan manipular a las masas sin demasiadas dificultades. Un pueblo inculto es un pueblo sumiso, ergo si la pregunta es por qué somos un pueblo sumiso, el silogismo parece inevitable.

Pedir desde aquí a mis compatriotas con alergia a la letra impresa, que por favor lean más porque el conocimiento les hará más sabios y libres para determinar su futuro y el de sus hijos, sería ingenuo y arrogante por mi parte. Pero en cambio –y aunque no deje de ser brindis al sol-, sí que puedo exigir al gobierno de España que se saque el dedo del culo y haga algo por sus ciudadanos, a parte de mentirles y expoliarles. Algo para empezar, como aplicar el IVA superreducido del 4% a todo aquello relacionado con la cultura, pues no solo repercutirá en una mayor difusión de la misma, sino que, además -atención al dato-, aumentarán los ingresos de Hacienda por el crecimiento de la actividad editorial, cinematográfica, teatral y artística en general.

Así que, piénsenlo bien. Permitan que el vulgo pueda acceder más fácilmente a libros, cines y teatros aunque ello vaya contra sus principios más elementales de separación de clases. A cambio, con las partidas que desvíen de los impuestos subsiguientes podrán adjudicarse alguna dieta extra, o pagar el futuro aborto de su hija en alguna buena y discreta clínica londinense.

A mí me parece un buen trato. ¿Aceptan?

FERNANDO GAMBOA

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Un comentario en “EL PRECIO DE LA CULTURA

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