Lluvia sobre Yemen

Les diré lo que no voy a hacer.

No voy a molestarme en tratar de explicar las causas subyacentes del conflicto desatado en Yemen. Son tan complejas y abarcan tantos intereses cruzados entre gobiernos, económicos, geopolíticos, religiosos e incluso dinásticos dentro de la familia real saudí, que antes de terminar el primer párrafo ya habrían dejado de leer este artículo. Y eso es algo que no quiero que pase. A cambio de ahorrarles la parrafada, créanme cuando les digo que es un asunto terriblemente complejo y que muy pocos actores en esta obra conocen realmente de qué va el argumento o quiénes son todos los personajes.

Tampoco les voy a agobiar con las cifras de víctimas de los bombardeos aéreos de la aviación de Arabia Saudí sobre la población civil y que ya superan los 1200, de los cuales más de 400 son niños (vaya, ya lo he dicho). Son solo números, para usted y para mí. Estamos tan abrumados por las cifras de muertos en Somalia, Chad, Afganistan, Gaza, Irak, Libia, Siria… que ha llegado el momento en que desconectamos el interruptor y, como medida de higiene mental, nuestro propio cerebro nos impide imaginar lo que esas cifras significan. Mil, dos mil, cinco mil, cincuenta mil muertos… qué más da. Son solo números. Como los de la lotería.

Lo oímos, quizá a lo sumo alzamos una ceja y seguimos a lo nuestro, porque si nos detuviésemos a pensar en que cada uno de esos muertos civiles era una señora que regresaba a casa de hacer la compra en el mercado, un abuelo que leía un libro en su cuarto a la luz de un quinqué, o un niño que jugaba a la pelota frente a su casa, nos volveríamos locos.

Pero hagamos una excepción, y por una vez imaginemos la escena. Vamos, le tomará menos de dos minutos y le aseguro que vale la pena. ¿Me concede esos dos minutos? Bien. Vamos allá.

Imagine por un momento al niño que antes mencionaba.

Vamos a llamarle Rashid, aunque visto de lejos es solo un niño que juega a la pelota con sus amigos y bien podría llamarse Pedro, o Michael. Pues bien, Rashid lleva una camiseta de su equipo de fútbol preferido y está jugando a penaltis con Alí y Farid, sus dos mejores amigos del barrio de Habra. La portería se hace pequeña frente a los larguísimos brazos de Alí, que a pesar de tener solo trece años roza ambos postes con la yema de los dedos cuando se estira.

Rashid contempla ceñudo las interminables extremidades de Alí, buscando el hueco por donde introducir la pelota. Mira de reojo a Farid, que con una sonrisa socarrona espera que falle para así ser él el próximo en lanzar. Luego da dos pasos atrás para tomar impulso y se planta con las piernas abiertas frente a la vieja y descosida pelota, como ha visto hacer por televisión a su jugador favorito.

El sol de medio día cae a plomo sobre la calle polvorienta y una gota de sudor resbala por la frente de Rashid, que respira hondo y se dispone a lanzar. Farid se impacienta y le exige que chute de una vez, que su madre le va a llamar para comer en cualquier momento. Alí sonríe bajo la portería y le hace un gesto desafiante a Rashid.

Y eso es todo lo que necesita el pequeño para encabritarse, pues haciendo honor a su nombre, que significa valiente Rashid no se arruga ante nada, ni siquiera ante Alí y sus inacabables brazos. De modo que entrecerrando los ojos, inclina hacia adelante el cuerpo para tomar impulso y de una zancada se planta ante la pelota y la impacta con todas sus fuerzas, en dirección a la escuadra derecha de la portería.

Unos pocos segundos antes, un piloto de un avión de la fuerza aérea de Arabia Saudí —que, casualmente, también se llama Rashid— y que sobrevuela la ciudad de Sanaa, capital de Yemen, a dieciocho mil pies de altura y cuatrocientos nudos, ha pulsado un botón rojo en su palanca de mando y al hacerlo, una de las abrazaderas del ala izquierda se ha abierto dejando caer una bomba de racimo BLU-108 de la empresa Textron Defense Systems. Un arma prohibida por convenciones internacionales, que tiene la peculiaridad de, a pocos metros del suelo, ser capaz abrirse como una piñata y lanzar en todas direcciones una multitud de proyectiles del tamaño de discos de hockey cargados de metralla y explosivo. Un arma diseñada para matar en un gran área sin necesidad de apuntar.

Para el piloto saudí, Sanaa es poco más que un lejano batiburrillo de casas de adobe y ladrillo, y sabe que para cuando la bomba llegue al suelo pocos segundos más tarde, él ya estará a muy lejos, así que ni se molesta en esperar a ver la explosión que habrá a seis kilómetros bajo sus pies.

Mientras tanto, la BLU-108, una maravilla tecnológica ideada por un inteligente y sensible ingeniero tejano amante de los perros, que en ese momento arropa a su hija en su casa a las afueras de Austin, ejecuta una graciosa trayectoria balística y guiada por un complejo sistema de sensores y alerones, enfila un pequeño descampado de tierra del barrio de Habra.

Alertado por un lejano silbido, Farid mira al cielo y ve la estela del F-16 que se aleja, perdiéndose justo el instante en que Alí roza con los dedos el balón que finalmente acaba colándose justo por la escuadra y Rashid alza los brazos gritando de alegría, seguro de que acaba de que acaba de meter el mejor penalti de la historia del fútbol.

Rashid se vuelve hacia Farid esgrimiendo una enorme sonrisa, pero ve a su amigo mirando hacia arriba y, extrañado, le imita. Entonces descubre un inexplicable objeto ovalado justo sobre su cabeza que, en ese preciso momento, estalla en el aire transformándose en una miríada de diminutos puntos metálicos que repentinamente ocupan el cielo como un enjambre.

Rashid aún contempla boquiabierto de asombro el increíble fenómeno, cuando las pequeñas bombas de fragmentación de 945g cada una se precipitan sobre él como afiladas gotas de lluvia y, una tras otra, comienzan a explotar.

Fernando Gamboa

Si deseas colaborar con ayuda humanitaria para las familias de los niños heridos por los bombardeos en Yemen, entra en el siguiente enlace: AYUDA URGENTE PARA YEMEN

Cualquier donación aunque sea de un solo euro, puede salvar una vida, no lo olvides.

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