Primeros capítulos

 

Hay algo oculto, ve y descúbrelo.

Ve y mira tras las montañas.

Algo perdido tras las montañas.

Perdido y esperándote.

¡Ve!

Ruyard Kipling

Z

6 de Enero de 1926

Cuenca del Xingú, Amazonas

—¡Corre, papá! ¡Corre!

—¡No te pares, Jack! —gritó efectuando dos disparos a la maleza, en dirección a los rugidos— ¡Sigue adelante y no mires atrás!

—¡No! —suplicó su hijo tirándole del brazo—. ¡No me iré de aquí sin ti!

Una estilizada sombra se movió velozmente y a muy poca distancia.

Se estaban acercando cada vez más, y de nuevo les alcanzó aquel hedor nauseabundo de carne en descomposición.

—¡Tengo que contenerlos! —replicó.

Jack Fawcett, que meses antes había emprendido con juvenil entusiasmo aquella aventura en la selva del amazonas acompañando a su padre, el coronel Percy Harrison Fawcett, era ahora una piltrafa humana; demacrado, herido, con la ropa hecha jirones y los ojos desorbitados por el miedo.

—¡Por Dios! —exclamó, horrorizado—. Pero… ¿Qué son esos engendros?

En respuesta, un espeluznante alarido estalló en la noche, erizándole los vellos de la nuca.

—¡Venid aquí y dad la cara, malditos demonios! —prorrumpió el coronel Fawcett con el rostro desencajado por la ira. Apuntó a la impenetrable jungla y disparó de nuevo con su viejo Springfield.

—¡Por favor, papá! ¡Vámonos de aquí! —imploró Jack una vez más—. ¡Nos van a alcanzar!

El coronel miró a su espalda y no vio a un aguerrido soldado, como aquellos junto a los que había luchado años antes en las trincheras del Frente Occidental durante la Gran Guerra, sino a un muchacho imberbe, su hijo, aterrado por la inminencia de una muerte espantosa.

—¡Maldición! —exclamó dándose cuenta de que aquella batalla no la podía ganar—. ¡Deja el equipo, Jack! ¡Déjalo todo! —Señaló en dirección opuesta, y bramó—: ¡Sígueme! ¡Hacia el río!

Abandonaron las alforjas con la comida y las municiones, y se lanzaron en una frenética carrera a través de la espesura. La piel se les desgarraba con la maraña de lianas y ramas espinosas que apartaban a manotazos, en una desesperada huida en la que Jack arrastraba su pierna herida, mientras su padre recargaba, corría el cerrojo y disparaba los últimos cartuchos sin ya siquiera molestarse en apuntar.

Dos días atrás habían descubierto el cadáver de Raleigh —o mejor dicho, lo que quedaba de él—, cubierto de moscas y gusanos. Le habían arrancado brutalmente las cuatro extremidades, mientras el vientre y la caja torácica estaban abiertos como una lata, dejando a la vista un sanguinolento hueco vacío del que habían extirpado los órganos internos.

La sospecha de que estaban siendo observados se había confirmado de la forma más espantosa, y desde ese instante no habían hecho otra cosa que huir para salvar sus vidas.

Jack se abría paso braceando entre la maleza, mordiendo, arrancando, aferrándose a sus pocas esperanzas de sobrevivir, empujado por los gritos de aliento de su padre, que le conminaba a no detenerse, a ir más deprisa, a vivir para regresar algún día a su amada Inglaterra.

Entonces, súbitamente, el río apareció tras un último telón de lianas, y comprendió, desolado, que sus esperanzas de supervivencia se acababan allí mismo.

Lo que tenía ante sí, iluminado por la fría luz de la luna llena, era un poderoso río de aguas turbias que estallaban contra las rocas y los árboles con tal violencia que ahogaba incluso los aullidos de sus perseguidores.

—Por todos los santos… —murmuró el joven. La otra orilla distaba más de cien metros, aunque para el caso, hubiera dado exactamente igual que fueran mil, o cien mil. Sobrevivir a aquella vorágine de agua y barro parecía tan improbable como remontar a nado las cataratas Victoria.

En ese instante, surgió de entre la maleza el coronel Fawcett con su pequeña mochila de cuero a la espalda y, tras disparar una última bala a las tinieblas, dejó caer el fusil y se encaró a su hijo.

—Pero ¿se puede saber a qué demonios estás esperando? —le increpó—. ¡Lánzate al agua!

—¡No conseguiremos cruzarlo! —alegó Jack señalando el río con las pupilas dilatadas por el pánico—. ¡Es un suicidio!

—Pues que Dios nos perdone —replicó el coronel—, pero no tenemos otro camino.

Y sin darle tiempo a reaccionar, empujó a Jack haciéndole caer en la corriente, e inmediatamente se lanzó tras él en aquel caos de espuma, roca y fango.

Arrollados por el incontenible ímpetu del río, padre e hijo trataban de mantenerse a flote y, con los pies por delante para protegerse, hacer lo posible para no acabar destrozados contra una roca, o ensartados por alguno de los troncos que surcaban el río como afilados proyectiles.

Con cada bocanada, el codiciado aire se mezclaba con el agua lodosa que entraba en sus pulmones. El simple hecho de respirar les suponía un titánico esfuerzo, que no podrían soportar por demasiado tiempo.

El coronel logró reunir fuerzas para llamar a gritos a su hijo, pero el estruendo de los rápidos ahogaba cualquier sonido que no fuera el de su propia furia, y al cabo de pocos segundos, la cabeza de Jack desapareció definitivamente en el hervor de la corriente.

Con su último aliento, gritó de desesperación mientras forcejeaba inútilmente contra aquel río asesino. Hasta que, finalmente, descubrió horrorizado lo que había sucedido en realidad.

Frente a él, el horizonte se terminaba como si hubiera llegado al mismo fin del mundo, y Percy Harrison Fawcett tardó sólo un instante en entender que, en cierto modo, así era.

Estaba a punto de caer por una gigantesca catarata.

Y en aquel último instante de vida, mientras experimentaba un breve lapso de ingravidez antes de precipitarse al vacío, rogó a Dios que algún día el mundo supiera del inconcebible secreto que les había sido revelado en aquella demoníaca selva.

Rogó para que sus muertes no fueran en vano, y él y los dos jóvenes que le habían acompañado hasta aquel trágico final, fueran reconocidos algún día como los autores del que, sin duda alguna, era el descubrimiento más extraordinario y trascendente en la historia del hombre sobre la faz de la Tierra.

1

Una mañana de noviembre, ochenta y cinco años más tarde.

Tenía las manos tan entumecidas por el frío bajo los gruesos guantes de neopreno, que apenas era capaz de mover los dedos.

Llevaba más de una hora sumergido a siete metros de profundidad, helado a pesar de los cinco milímetros de espesor del traje de buceo, y con una visibilidad tan mala a causa del lodo en suspensión, que no podría haber visto la quilla de un barco aunque ésta me golpeara en la cabeza. De hecho, tuve que pegar el manómetro al vidrio de la escafandra, para poder descubrir que la aguja ya estaba por debajo de la marca de las treinta atmósferas, en plena zona roja.

No me quedaba mucho tiempo.

Para variar.

Con la ayuda del potente magnetómetro Excalibur 1000 que llevaba atado a la muñeca, había encontrado ya una docena de objetos sin valor enterrados en el esponjoso légamo. Aquel lecho marino tenía la textura de papilla aguada, y sin poder contar con el sentido de la vista, resultaba difícil determinar dónde terminaba el agua y donde empezaba el fondo. Me veía obligado a, literalmente, hundirme en el fango para sacar los objetos que me señalaba el detector de metales e iba acumulando en la red atada al cinturón de lastre.

Calculé mentalmente que a aquella profundidad aún me quedaba aire suficiente para cinco o diez minutos más, así que, aunque estaba al borde de la hipotermia y el cuerpo me pedía a gritos salir del agua y buscar la estufa más cercana, decidí ajustar el detector a la máxima sensibilidad y hacer un último rastreo, aunque sabía que ello haría pitar aquel cacharro hasta por el núcleo de hierro del planeta.

Traté de regular el dial de potencia situado en el cuerpo del detector, pero entre la insensibilidad causada por el frío y el grosor del neopreno, era como enhebrar una aguja con los dedos de los pies.

«Gato con guantes —me dije— se come los mocos.»

Así que con cuidado para no perderlo me quité el guante derecho y, a tientas a través de aquella sopa marrón, alargué la mano y giré la pequeña ruedecita al máximo.

Inmediatamente, como había previsto, el aparato comenzó a transmitir señales histéricas de que había encontrado cualquier basura remotamente metálica que pudiera hallarse debajo de mí. Pero no podía perder tiempo con ello, de modo que decidí ignorar aquellos silbidos eléctricos a la espera de que el detector emitiera ese sonido tan peculiar, que revelaba la inequívoca presencia de un metal de alta densidad.

Sentía tenso el cordón que había atado alrededor de un peso muerto, que me servía como referencia y alrededor del cual iba girando en espiral, ampliando cada vez más el área de búsqueda. Al tiempo, aguzaba el oído tratando de escudriñar esa señal que esperaba, y cada poco me acercaba el manómetro a la cara, constatando que la aguja señalaba ya por debajo del veinte y me veía obligado a hacer un esfuerzo cada vez mayor para extraer el aire del regulador.

«Un minuto más y fuera», pensé.

Y justo en ese instante, creí oír un zumbido grave y lejano procedente del detector.

Sorprendido, giré sobre mí mismo para situarme encima de la señal.

Sonaba como una mosca de ochenta kilos, volando a cien metros de distancia.

Sin duda, ahí estaba de nuevo.

Dejé el magnetómetro colgando de mi muñeca, saqué un pequeño rastrillo del bolsillo del chaleco de flotabilidad y me impulsé de cabeza contra el fondo con las manos por delante, esperando que no estuviera demasiado hundido en el limo.

Me volví a sacar los guantes para tener más tacto y enterré las manos desnudas en el repugnante lodo; al hacerlo, levanté una nube de sedimentos que me envolvió por completo. Pero ya me daba igual, no había nada que ver allí abajo, sólo quería acabar de una maldita vez.

Saqué el aire restante del chaleco para hundirme todo lo posible, escarbando cada vez más profundamente en aquél consomé, sin llegar a tocar nada sólido con mis dedos congelados. El aire se resistía a salir de la boquilla, y ya empezaba a pensar que había sufrido una alucinación auditiva, cuando rocé algo duro con la yema de los dedos de la mano izquierda. Deseché el rastrillo y estiré la mano derecha para evitar que se me escurriera entre el fango.

Lo agarré con fuerza, como al más preciado tesoro, y al acercármelo a los ojos comprobé satisfecho que era aquello que llevaba toda la mañana buscando. En el interior de la dorada sortija, podía leerse claramente una fecha y el lema: «M. y J. Juntos para siempre».

Entumecido por el frío que me hacía tiritar debajo del traje, acabé de subir los últimos peldaños de la oxidada escalerilla de hierro que ascendía hasta el muelle de hormigón.

Al llegar arriba, tiré delante de mí las aletas y con un último esfuerzo, me puse en pie sobre el pantalán cargando aún a la espalda la pesada bombona de buceo, ya totalmente vacía. Seguidamente dejé el detector de metales en el suelo, y con gran alivio, me deshice de la máscara integral de inmersión, del chaleco, la botella y los plomos. Aliviado por respirar al fin aire fresco, cerré los ojos, levanté la cabeza, e inflé los pulmones todo lo que me permitía el ajustado neopreno.

Una fina lluvia caía con indolencia desde las plomizas nubes bajas que tapizaban el cielo, mientras una bandada de gaviotas graznaba sobre mi cabeza, imagino que como yo, protestando por un día tan horrible.

Pero estropeando aquel instante de calma, mientras me abría la cremallera de la espalda, hizo su aparición en el muelle un Mercedes cupé de color negro que vino a detenerse a pocos metros con un chirriar de frenos.

De él se apeó un tipo más o menos de mi edad. Treinta y muchos años, corbata fosforito, traje gris de marca y pelo engominado como si le hubiera lamido una vaca.

—¿Lo tiene? —preguntó al acercarse, sin siquiera saludar.

Levanté el brazo derecho, mostrándole el dorado anillo rodeando mi meñique enguantado.

—Ha tardado mucho —dijo dando un paso al frente, y tras quitármelo sin miramientos, se lo acercó a la cara para comprobar la inscripción.

—¿Es el que… se le cayó a su mujer? —pregunté sin disimular el sarcasmo.

El fulano se quitó las gafas de sol —absurdas en un día como aquel—, y se metió la mano en el bolsillo interior del traje.

—Eso parece —afirmó—. Aquí tiene lo suyo. —me lanzó un sobre sin mirar, de un modo que si no hubiera estado atento, habría ido a parar al agua.

Sin esperar a que pudiera comprobar su contenido, el fulano se dio la vuelta y abrió la puerta del coche. Pero antes de meterse dentro, me dirigió un último vistazo.

—Vigila de no constiparte —añadió tuteándome con una sonrisa burlona—. Parece que hoy hay mucha humedad.

Con el sobre en la mano me quedé mirando como arrancaba los trescientos caballos de su deportivo, y una única palabra acudió a mis labios.

—Gilipollas

Chorreando el agua que resbalaba por todo mi cuerpo, me acerqué al viejo Land Rover blanco que había comprado de segunda mano. Saqué la llave oculta debajo del parachoques, abrí la puerta trasera, tiré el sobre del dinero en el asiento del copiloto y comencé a desvestirme.

Desde luego, aquello no se parecía en nada a la vida bohemia que había llevado hasta hacía cosa de un año, dando clases de buceo a turistas en cualquier país en que el agua fuera cálida, las mujeres hermosas y la cerveza barata.

Bueno, en realidad sí seguía buceando, pero definitivamente no era lo mismo hacerlo en el Caribe o Tailandia, entre arrecifes de coral y peces de colores, que en un puerto de aguas aceitosas limpiando cascos de yates ajenos, o buscando anillos de oro de esposas cabreadas.

Llevaba cinco meses trabajando por cuenta propia como submarinista profesional, ofreciéndome para cualquier tipo de trabajo subacuático en que me pagaran lo suficiente para ir tirando, y ya estaba más que harto. Pero así estaban las cosas por entonces. Aunque echaba de menos las palmeras y las playas de arena blanca dorándose al atardecer de otras latitudes, desde que ella se fue, me encontraba en tal estado de apatía que hasta había perdido mi necesidad fisiológica de mudar de paisaje cada pocos meses.

De cualquier modo, seguía haciéndoseme muy raro terminar una inmersión y al salir a la superficie descubrir a lo lejos la estatua de Cristóbal Colón apuntándome con su dedo acusador. Con la inconfundible presencia de la montaña de Montjüic como telón de fondo de mi querida y, en días así, aborrecida Barcelona.

2

Aunque las pesadas botellas de aire y los plomos se habían quedado en el coche, caminar dos manzanas desde el lugar donde había aparcado hasta mi edificio con el resto del equipo a cuestas, consumió las pocas fuerzas que me quedaban.

Cuando al fin abrí la puerta de mi diminuto ático en la calle París —herencia de mi querida abuela—, dejé la pesada bolsa de lona junto a la entrada, me quité la ropa camino del baño y me metí bajo la ducha, tratando de librarme con el intenso chorro de agua caliente de aquel frío húmedo que me había calado hasta los tuétanos.

Tras un buen rato frotándome a conciencia con la esponja, concluí que ya me había quitado de encima toda la mugre de las aguas del puerto, así que cerré el grifo, y envolviéndome con la toalla me planté frente al espejo. En él un tipo moreno, ni guapo ni feo, en buena forma pero de aspecto cansado, con marcadas ojeras y una barba de varios días en la que asomaban algunas canas, me devolvía una mirada interrogativa que no quise contestar.

«Pero ¿se puede saber qué coño estás haciendo?», me preguntaban sus ojos castaños.

Ignorándolo como solía, me sequé y, con la toalla enrollada en la cintura, me derrumbé en la cama como si me hubieran pegado un tiro.

«Cinco minutos —me dije con la boca pegada a la almohada—. Cinco minutos de descanso y me levanto a preparar el almuerzo.»

Ni que decir tiene que no fue así.

Dos horas más tarde aún seguía en la misma postura, soñando con coloridos nudibranquios tropicales luciendo anillos de boda.

La voz de Jason Mraz cantando I´m yours, sonó durante un buen rato en el teléfono móvil antes de que me diera cuenta que no era parte del sueño.

De mala gana me levanté de la cama dando tumbos, y rebusqué entre la bolsa hermética de buceo que aún estaba tirada en el suelo. Comprobé la pantalla iluminada antes de contestar, y vi que en ella aparecía la palabra «Mamá».

Confieso que dudé por un momento en contestar a la llamada. No me sentía con fuerzas para sostener una de nuestras clásicas conversaciones madre-hijo. Pero enseguida comprendí que si no lo hacía, ella seguiría insistiendo hasta el fin de los tiempos, y si se me ocurría desconectar el teléfono, no dudaría en presentarse en casa entre aspavientos y gestos de preocupación. Así era ella.

—Hola, mamá —contesté finalmente apretando el símbolo verde de la pantalla y poniendo el manos libres.

—¿Dónde estás? —preguntó directamente con un atisbo de reproche.

—En casa, tratando de dormir un poco —repliqué sin disimular mi fastidio, caminando de vuelta hacia el dormitorio.

—¿A estas horas?

—He tenido un día muy duro, y necesitaba… en fin —dejé ahí la explicación mientras abandonaba el teléfono sobre la mesita de noche y volvía a tirarme en la cama—. ¿Qué quieres?

Ahora fue ella la que sonó contrariada.

—¿Cómo que, qué quiero? ¿Es que te molesta que te llame?

—No, mamá… —contesté masajeándome los párpados—. ¿Cómo iba a molestarme? Sólo te preguntaba por qué lo hacías, no seas tan susceptible.

Al otro lado de la línea pude oír un bufido.

—Está bien. Te llamaba para saber si vas a venir a cenar a casa algún día de esta semana.

—Pues…

—Me lo prometiste.

—¿Eso hice?

—El martes pasado.

—Lo había olvidado.

—Menuda sorpresa. —de nuevo, ahí asomaba el reproche.

—Está bien, vale. Te doy mi palabra de que iré esta semana.

—¿Cuándo?

—El viernes, ¿te parece bien?

—Mejor el sábado, a las ocho. Y ven arreglado. No como la última vez, que parecías un vagabundo.

—Pero ¿qué más te da cómo…? Un momento —me interrumpí—. ¿No será otra encerrona con la hija de una amiga tuya?

Un silencio inequívocamente culpable sustituyó a la respuesta.

—Joder, mamá.

—Ya es hora de que conozcas a más gente —protestó—. Llevas demasiado tiempo viviendo como un ermitaño, y Lara es una chica estupenda que está deseando conocerte. Incluso le gusta ir de viaje por ahí, como a ti.

—Mamá, me prometiste que no volverías a hacer de alcahueta. Estoy perfectamente, y no necesito conocer a ninguna otra mujer por muy estupenda que sea. Te lo he dicho ya muchas veces.

Esta vez, fue un sonoro suspiro lo que salió del pequeño altavoz del teléfono.

—Está bien… —se rindió con demasiada facilidad—. No invitaré a Lara, pero igualmente ven bien vestido y afeitado, que no me gustan las pintas que llevas últimamente.

Cerré los ojos, chasqueé la lengua y accedí, incapaz de proseguir con aquella conversación.

—Allí estaré. Hasta el sábado, mamá.

—No lo olvides —fue la última advertencia, justo antes de que presionara el botón de colgar y de nuevo el silencio se adueñara del apartamento.

Sabía perfectamente que mi madre, ignorándome olímpicamente invitaría a ¿Lara? ¿Laura? En fin, qué más daba. Escogería a conciencia la ropa más andrajosa de mi armario para acudir a la cena, y por supuesto, no me afeitaría un solo pelo de la cara. Como ya había ocurrido en los dos precedentes anteriores, la muchacha en cuestión aguantaría hasta los postres con la nariz fruncida, y se despediría con un «espero que volvamos a vernos» más falso que el juramento de un congresista.

Lo que no tenía nada de falso era el incipiente dolor de cabeza que sentía crecer justo detrás de los ojos, y trataba de hacer memoria sobre si quedaba algún ibuprofeno en el botiquín, cuando Jason Mraz volvió a puntear los pegadizos acordes de su guitarra en mi teléfono. Ya empezaba a caerme mal el tipo.

Estiré de nuevo el brazo hacia la mesilla de noche, con los ojos cerrados y mordiéndome los labios para no soltar un improperio al descolgar de nuevo el teléfono.

—Ya te he dicho que iré, mamá —gruñí—. Por favor, déjame dormir.

—Oh, disculpa —contestó una voz de hombre—. Mejor te llamo en otro momento.

—¿Profesor? —pregunté mudando inmediatamente el tono de voz y abriendo los ojos, al reconocer a Eduardo Castillo. El profesor retirado de Historia Medieval, que era tan buen amigo mío como anteriormente lo había sido de mi padre.

—No sabía que estabas durmiendo —se disculpó.

—Sí, bueno… no. Ya no. No importa. Dígame.

—¿Cómo va todo por ahí? —preguntó en cambio con tono lúgubre.

—Más o menos. Pero a usted sí que lo noto algo raro. ¿Ocurre algo?

Un prolongado silencio al otro lado de la línea me llevó a deducir que así era.

—¿Puedes venir a mi casa?

—Claro, profe. ¿Cuándo?

Otro largo silencio.

—¿Podrías venir a cenar, a eso de las nueve?

Aunque a sus cincuenta y muchos años presumía de una salud envidiable, por su actitud temí por un segundo que algo grave le sucediera.

—¿Seguro que se encuentra bien?

—Sí, tranquilo. ¿Puedes venir?

—Claro. Estaré ahí para la cena.

—Gracias —dijo, y colgó.

Esta vez me quedé mirando la pantalla del teléfono durante unos segundos. No tenía ni idea de lo que pasaba, pero creo que jamás le había oído hablar así.

Con el estómago protestando a coces y muy pocas ganas de ponerme a cocinar, bajé al restaurante chino que había junto a mi casa; esperaba que pudieran hacerme algo de comida a esa mala hora de la tarde.

Afortunadamente se apiadaron de mí, con lo que veinte minutos después ya había devorado una buena ración de tallarines tres delicias y jugueteaba con el tenedor sobre la superficie de porcelana del plato, pensando que, si aún no había tocado fondo con mi vida, me estaba hundiendo paulatinamente como si llevara un ancla atada a los pies.

Y andaba vagando entre la espesa niebla de mis divagaciones, cuando me di cuenta de que era el último cliente del restaurante, y las cinco camareras chinas me miraban con los brazos cruzados y gesto de impaciencia. Para no ganarme su antipatía y evitar que el próximo día me escupieran en el plato, pagué la cuenta, dejé una buena propina, y me dirigí directamente al Náufrago, un recóndito bar de apropiado nombre en el corazón del barrio gótico, donde hacer tiempo delante un tequila reposado antes de encontrarme con el profesor para la cena.

El pequeño bar del casco antiguo de Barcelona, ocupado por unas pocas mesas de madera vieja, fotos en sepia de la posguerra en las paredes, servilletas de papel arrugadas y serrín en el las esquinas, seguía siendo propiedad de Antonio Román, un veterano contrabandista que ya debía de superar los noventa años y había dejado el exigente negocio de la restauración en manos de sus nietos.

Diego —seguramente el único de ellos que había aceptado hacerse cargo del negocio—, alto y desgarbado, con camisa blanca, perilla y coleta, secaba el vacío mostrador con indolencia, levantando una ceja al verme cruzar el umbral a modo de escueto saludo entre viejos conocidos.

—¿Cómo te va, Ulises? —preguntó en cuanto me senté en la barra, volviéndose antes de que le contestara hacia la botella de José Cuervo que tenía a su espalda.

—Podría ir mejor.

Mientras servía el chupito de tequila, afirmó sin levantar la vista:

—No has hecho caso de mi consejo, ¿a que no?

—¿Qué consejo?

—¿Cuál va a ser? Que la llames.

—No puedo.

—No quieres —sentenció meneando la cabeza, dejando la cosa ahí cuando otro cliente levantó la mano pidiendo una cerveza.

Y tenía razón, por supuesto.

Sin quererlo —pero sin tampoco hacer demasiado para evitarlo—, evoqué la imagen de Cassandra Brooks sentada frente a mí, en una de las mesas de aquel mismo bar. La recordé hablándome con aquel delicioso acento mexicano suyo, y sonriendo con esos ojos esmeralda que me tuvieron hechizado desde el día en que la conocí, hasta que se marchó para siempre con un vago «nos vemos», arrastrando su pequeña maleta roja por el pasillo de mi casa.

Desde entonces, me había quedado en un estado que sólo era capaz de definir como parálisis. Agarrotado de ánimo y voluntad, con el corazón seco y el entusiasmo justo para abrir los ojos por la mañana.

Aunque, la parte irónica del asunto, era que yo mismo había sido el causante de aquella separación.

Después de muchos años rodando por el mundo, sin una pareja estable ni nada que se le pareciera, me había acostumbrado tanto a aquella independencia absoluta en la que no debía decidir a medias ni dar explicaciones por nada, que cuando nos fuimos a vivir juntos llegó un momento, al cabo de pocos meses, en que una irresistible necesidad de libertad me empujó a marcharme una temporada bien lejos. A viajar a algún lugar tranquilo, donde poder replantearme el rumbo que estaba tomando mi vida sin encontrarme con Cassie a la hora de desayunar.

Para cuando regresé tres semanas más tarde de Vietnam, ella aún estaba en Barcelona, pero las cosas ya no volvieron a ser lo mismo. Yo seguía zozobrando en mis —incluso para mí— incomprensibles dudas, y poco más tarde llegamos a la inevitable conclusión de que debíamos seguir caminos separados. Por mucho que doliera.

Y dolió.

Lo peor de todo aquello, fue que Cassie se llevó una irreparable decepción ante el inexplicable fracaso de aquella relación por la que tanto había dado, y a partir de ese momento, decidió cortar por lo sano y no volver a verme jamás. Hasta eliminó mi número de su teléfono y mi nombre de sus redes sociales, dejando muy a las claras que no quería saber una palabra de mí.

Tiempo después, supe por amigos comunes que ella logró recuperar su vida anterior —al menos profesionalmente—, volcándose de nuevo en su especialidad como arqueóloga submarina, ocupando un puesto de responsabilidad en una excavación en la costa de Cádiz, al sur de España.

En cambio, yo me había quedado varado como un viejo marinero que ve partir el último barco del muelle, preguntándose qué diablos va a hacer a partir de ese momento. Allá donde mirara hacia el futuro, todo lo veía como esa gris y apática tarde barcelonesa.

Hasta hacía poco, mi vida adulta había consistido en vagabundear entre los trópicos de Cáncer y Capricornio, sin preocuparme lo más mínimo por mi futuro, ni de aquello que iba dejando atrás. En consecuencia, no había conservado prácticamente ningún amigo en mi ciudad natal, y todos ellos, sin excepción, seguían además tan casados y comprometidos con unas vidas que detestaban, como la última vez que los había visto.

A esas alturas, no tenía ni el humor ni la paciencia de escuchar la retahíla de tópicos habituales en los reencuentros: complicaciones matrimoniales, lo guapos que estaban sus hijos, o lo mal que les trataban sus jefes.

No es que me diera igual. Es que se trataba de aspectos tan ajenos a mi propia vida, que la mayoría de las veces no tenía la menor idea de lo que me estaban hablando, y para ser sincero, rara vez me importaba.

Además, tras oír de sus bocas repetidamente que yo tenía mucha suerte de hacer lo que hacía y vivir como vivía, o que ojalá ellos pudieran hacer lo mismo, en algunas ocasiones y preso de un arranque de ingenuidad, trataba de explicarles que por supuesto que podían, que era sólo cuestión de priorizar ciertos aspectos de la existencia y no dejarse llevar por la rutina o las expectativas ajenas. Elegir qué se desea hacer «realmente», y luego tratar de llevarlo a cabo. No como pasatiempo ni actividad de fin de semana, sino como una actitud permanente y en todos los ámbitos. Buscar el propio camino, en lugar de seguir a la multitud.

Dicho en plata, que aprovecharan sus vidas.

Lamentablemente, solía ser entonces —normalmente tras las frases «no tengas miedo de perseguir tus sueños» o «vive cada día como si fuera el último, porque es posible que lo sea»— cuando empezaban a mirarme como si fuera un Hare Krishna rapado y ataviado con túnica naranja, que tratara de convencerlos con un folleto y una bandeja de galletitas de que debían abandonarlo todo y seguir los preceptos del Bhagavad-Gita.

Así que, por ese lado, no había mucho donde rascar.

Lo irónico es que en los últimos meses yo tampoco había seguido mis propios consejos.

De hecho, ni siquiera la posibilidad de regresar a mi vida anterior como submarinista nómada, ejerciendo como instructor de buceo para turistas en parajes exóticos, me entusiasmaba en absoluto. Para bien o para mal, aquella ya era una etapa de mi vida que había dejado atrás, y ahora debía hallarme de nuevo a mí mismo y decidir qué podía hacer a partir de ese momento.

Pero lo cierto es que no tenía la más remota idea.

Si acaso, apurar aquel vaso de tequila y quién sabe si alguno que otro más.

Para mi desgracia, había comprendido demasiado tarde que, a pesar de no poder vivir con Cassandra, aún más difícil me resultaba vivir sin ella. Había perdido el norte, como se suele decir, y a pesar de los habituales pescozones de mi madre para que moviera el culo e incluso sus vanos intentos de organizarme citas a ciegas, no tenía el menor interés en buscar una sustituta a la mexicana, porque sabía que no la iba a encontrar.

—La echo de menos —murmuré mirando el vaso con la mirada perdida.

—No me digas… —ironizó Diego desde el otro lado del mostrador.

João Gilberto susurraba su canción Desafinado desde el pequeño altavoz en la esquina del local, como un malintencionado acupuntor clavándome agujas en el corazón a ritmo de bossa nova.

—Soy idiota —afirmé, y apuré el tequila de un trago.

—Todos los somos —coincidió el barman, filosófico.

El licor me abrasó la garganta, haciéndome inspirar hondo.

—Pero no la voy a llamar.

—Si tú lo dices.

Los dos nos quedamos callados.

—Lo pasado, pasado está —concluí terminando un segundo vaso.

Diego se encogió de hombros, como diciendo: «tú verás, chaval».

Dejé el dinero sobre la barra, y me despedí con un tamborileo sobre el mostrador.

Desde que había vuelto a vivir a Barcelona, era rara la semana que el profesor no me invitaba a comer a su casa para rememorar nuestras pasadas aventuras y exagerarlas debidamente con generosos tragos de vino blanco. Pero en aquella ocasión, mientras empujaba la pesada puerta de hierro de su edificio en el Eixample, y me adentraba en las tinieblas de la portería, un escalofrío me recorrió la espalda y tuve la corazonada de que algo malo había sucedido y que, de rebote, me iba a afectar a mí también.

Al llegar al quinto piso, el veterano ascensor de madera y enrejado se detuvo bruscamente y salí al oscuro rellano, donde una agonizante bombilla iluminaba una gastada placa en la que se podía leer: Profesor Eduardo Castillo Mérida.

Llamé al timbre e inmediatamente se abrió la puerta; la familiar figura de Eduardo apareció en el umbral, vestido con su irrenunciable chaleco, su pajarita y su camisa a cuadros. Esta vez, sin embargo, no exhibía la ancha sonrisa con la que solía recibirme, y tras las anticuadas gafas de carey, se podía leer claramente la preocupación en sus apagados ojos azules.

—Ulises —me saludó con un apretón de manos—. Gracias por venir, y discúlpame por la urgencia.

Me indicó que le siguiera hasta el salón y allí me senté frente a la mesa, fingiendo despreocupación.

Mientras se acercaba a la cocina en busca de un par de cafés recién hechos, dejé vagar la mirada recordando las aventuras comunes que estaban ligadas a aquel salón y a aquella mesa ovalada de madera oscura.

Como siempre, los libros seguían siendo los dueños absolutos de la casa. Ocupando no sólo las estanterías que llegaban hasta el techo, sino, además, desbordándose por sillas y pasillos. Apilados en un indescifrable orden, e impregnando la vivienda de ese inconfundible olor a historia y literatura que sólo se encuentra en los rincones perdidos de las librerías centenarias. A mi izquierda, un amplio ventanal dejaba entrar la rácana luz de aquella tarde otoñal, que iba a encontrarse con un hermoso mapamundi en tonos ocres que ocupaba prácticamente toda la pared que tenía enfrente.

—Con leche y tres de azúcar —dijo entonces el profesor saliendo de la cocina con una pequeña bandeja entre las manos.

Tomé mi taza y, en silencio, esperé a que él hablara.

Éste dio un par de sorbos distraídamente, y fue entonces que me di cuenta de sus marcadas ojeras y los ojos enrojecidos.

—¿Cómo te va todo, Ulises? —preguntó al fin.

—Pues bien. Creo —repuse extrañado por aquella pregunta tan vaga.

—Me alegro, me alegro… —contestó a los posos de su taza.

—Esto… profe —inquirí al ver que no decía nada más—. ¿Me va a explicar para que me ha llamado o voy a tener que adivinarlo?

El profesor levantó la vista y me miró como si acabara de darse cuenta de que estaba ahí.

—Sí, claro —dijo sonriendo una disculpa—. Pero ¿te importaría que esperáramos un momento? —Consultó su reloj de muñeca, y añadió—: Debe estar a punto de llegar.

—¿De llegar? ¿Quién?

Y como si lo hubiera tenido ensayado, justo en ese instante sonó el timbre de la portería y mi anfitrión se levantó a abrir.

Sin preocuparme demasiado en averiguar la naturaleza de aquella inesperada visita, tomé mi taza de café y me acerqué al amplio ventanal que daba a la calle. Las dos hileras de plataneros que flanqueaban la calzada, ya prácticamente desnudos de las hojas secas que alfombraban las aceras, pincelaban de marrones y amarillos los omnipresentes negros y grises, de viandantes y fachadas en aquella parte de la ciudad.

Parecía estar a punto de llover, y cavilaba sobre que debía haber traído un paraguas, cuando la puerta del piso se cerró a mi espalda y, al darme la vuelta para recibir a la visita, una voz inconfundible me llegó desde el fondo del pasillo.

—¿Ulises? —exclamó con incredulidad—. Pero ¿qué chingada estás haciendo aquí?

Con el corazón en un puño, me encontré súbitamente frente a un rostro que pensaba no iba a contemplar nunca más.

—Hola, Cassie —murmuré aturdido, tragando saliva con dificultad.

3

Cassandra estaba ahora sentada al otro lado de la mesa, tan guapa como la recordaba. Con su rizado pelo rubio recortado a la altura de los hombros, y la tez morena curtida por el sol, en la que destacaban poderosamente sus grandes ojos verdes. Unos ojos que en esta ocasión me miraban con dureza, al parecer esperando alguna explicación por mi parte.

—¿Puede saberse a qué viene esta encerrona? —me soltó sin preámbulos—. Espero no haber volado desde Cádiz, dejando mi trabajo en la excavación, sólo para tomarme un pinche café contigo.

—A mí no me mires —aduje levantando las manos—. Yo tampoco sabía que venías tú.

—Oh, sí. Por supuesto.

—¿Qué insinúas? ¿Crees que he organizado esto para volver a verte?

—Pues ya me dirás —replicó con cara de malas pulgas—. El profesor me pide que venga urgentemente a Barcelona en el primer avión sin darme explicaciones, y lo primero que me encuentro al llegar es a ti, esperándome en su salón.

—Cassie —insistí tratando de no alterarme—. Te juro por mi madre, que yo no…

Pero en ese instante llegó el profesor desde la cocina, con otro café para la mexicana.

—Esperad un momento —interrumpió en tono conciliador, alzando una mano—. Antes de que os matéis entre vosotros, dejadme que os aclare por qué estáis aquí.

—Soy toda oídos —rezongó la arqueóloga.

El profesor dejó la taza en la mesa y tomó asiento entre los dos con gesto abatido.

—Os he llamado —su voz sonó preocupada—, porque algo terrible ha sucedido y necesito vuestra ayuda.

Ni Cassie ni yo abrimos la boca, a la espera de que nuestro anfitrión nos sacara de la incertidumbre.

—¿Os he hablado alguna vez de la doctora Valeria Renner? —preguntó al cabo de un largo minuto, sin despegar la vista de la mesa.

Cassandra y yo intercambiamos una mirada fugaz, negando al unísono con la cabeza.

—Ya, claro… Sucedió hace muchos años y sólo tu padre —dijo mirándome de reojo—, con el que me unía una gran amistad, lo sabía.

—¿Saber qué? —pregunté, intrigado.

El profesor escarbaba ahora con la cucharilla en los posos del café.

—Pues que entre Valeria… —carraspeó un par de veces—. Entre la doctora Renner y yo, esto… existe un vínculo muy especial.

—Órale, profesor. —Cassandra sonrió—. Qué calladito se lo tenía.

—¿Cuándo? —inquirí, sorprendido—. ¿Cómo? Yo nunca le he visto con ninguna mujer.

—Sucedió hace ya tiempo, Ulises.

—Pero ¿por qué nunca nos habló de ella?

Eduardo Castillo se rascó la cabeza, visiblemente incómodo.

—Bueno, ya sabéis —dijo—. Soy muy celoso de mi intimidad, y no quería que nadie de la Universidad supiera nada. Además, nunca he tenido oportunidad de presentárosla.

Fruncí el ceño con escepticismo.

—¿En todos estos años no ha tenido oportunidad?

—Valeria es antropóloga —adujo—, y pasa mucho tiempo haciendo trabajo de campo. Pero la razón de que nunca os haya hablado de ella… es porque ella no tiene ningún interés por volver a verme.

—Vaya, lo siento —lamentó la mexicana.

—Ya entiendo… —dije dándole una palmada en la espalda—. Pero aquí nos tiene para ayudarle a salir de este mal trago. Ya sabe el dicho: «Hay más peces en el mar, que…».

Me interrumpí, al ver que el profesor me miraba con extrañeza.

—Pero ¿de qué diantres estás hablando? ¿A qué viene eso de los peces?

—Hombre, profe, yo sólo trataba de darle ánimos. Sé que después de terminar una relación, al principio todo se ve negro. Pero ya verá que con el tiempo encontrará a alguien, y entonces… —dejé la frase en el aire y le guiñé un ojo.

—Ulises —dijo poniéndose recto en la silla—, estás totalmente equivocado. Los dos lo estáis. —Nos miró a ambos y añadió—: No os he llamado para que me consolarais de mal de amores ni nada parecido.

—Oh, pues… usted dirá.

Entonces, como solía hacer cuando tenía algo importante que exponer, el profesor se puso en pie y comenzó a caminar por el salón, como si se encontrara de nuevo en su antigua aula.

—La doctora Renner —dijo mirando a través de la ventana—, es actualmente una de las antropólogas más reconocidas a nivel internacional. Tiene decenas de artículos que son referencia habitual en universidades de todo el mundo, y ha escrito un par de libros que están entre los más influyentes en la materia —alargó la mano y sacó de la estantería un tocho de casi mil páginas—, incluido el aclamado Sociología y Antropología del pueblo Chamula.

—¡Híjole! —exclamó Cassandra chasqueando los dedos—. Ya sabía yo que me sonaba ese nombre. Es un estudio sobre el pueblo tzotzil del sur de México. Lo leí en la facultad.

—Yo me esperaré a que hagan la película —apunté sin que nadie me preguntara.

El profesor devolvió el ejemplar a su sitio y siguió hablando.

—Resumiendo. Resulta que hace tres meses, financiada por la Universidad de Viena, partió con un pequeño grupo de científicos hacia una región poco explorada del Amazonas con el fin de estudiar a la tribu indígena de los menkragnoti. —Hizo una pausa para respirar hondo—. Valeria es una antropóloga experimentada que ha pasado largas temporadas en lugares remotos, y por eso saltaron todas las alarmas cuando ni ella ni nadie de su equipo realizó la llamada por teléfono satelital que tenía programada… ni ninguna otra más.

—¿Y no han podido, simplemente, haber perdido el teléfono o que se les haya estropeado? —aventuró la mexicana.

Eduardo Castillo se apoyó en el respaldo de una silla y nos miró con gravedad.

—Eso fue hace veintitrés días. Ya habrían encontrado otra manera de ponerse en contacto de algún modo. Valeria es una mujer de recursos.

—¿Quiere decir entonces que ha desaparecido?

—La última comunicación fue hace casi un mes, como ya os he dicho —confirmó, cabizbajo—. Nadie ha vuelto a saber de ellos desde entonces.

—¿Y la policía? —preguntó Cassandra—. ¿Qué ha dicho la policía brasileña? ¿Los han buscado?

—Dicen que es una región demasiado extensa y remota, y que no tienen ni personal ni presupuesto para emprender una operación de búsqueda.

—Pero habrá alguien allí a quien poder pedirle que investigue, ¿no? —insistí, extrañado—. No sé. A la embajada, a la Cruz Roja…

El profesor negó con la cabeza lentamente.

—Nadie. No hay nadie a quien acudir.

Se le veía realmente abatido, y si no fuera porque lo conocía, hubiera dicho que estaba a punto de soltar una lágrima de desesperación.

—Lo siento, profe —le dije, entristecido de verlo en ese estado—. De verdad que lo siento mucho —y buscando aprobación en los ojos de Cassie, añadí—: Si hay algo que podamos hacer…

Entonces levantó la cabeza y clavó en mí sus ojos azules, pero esta vez reflejando una firme determinación.

—Acompañadme.

—Claro —contesté—. ¿Adónde?

Sin dejar de mirarme, señaló al mapamundi que quedaba a su espalda.

—Al Amazonas, Ulises. A buscarla.

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2 comentarios en “Primeros capítulos

  1. I do agree with all of the ideas you’ve presented to your post. They’re really convincing and will certainly work. Nonetheless, the posts are too brief for beginners. May you please extend them a little from subsequent time? Thank you for the post.

  2. Excellent read, I just passed this onto a friend who was doing some research on that. And he just bought me lunch because I found it for him smile So let me rephrase that: Thank you for lunch! “Bill Dickey is learning me his experience.” by Lawrence Peter Berra.

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