Primeros capítulos

CAPÍTULO 1


    De puntillas sobre un balde rojo, Luz Elia Miranda Clementina agarrada con ambas manitas al borde de la pila, apenas alcanzaba a ver algo levantando la nariz. Su madre, Segunda Clementina Cuero, frotaba cada pieza de ropa con la pastilla de jabón, luego la restregaba contra la ondulada superficie adelante y atrás, tensando los músculos del antebrazo, y finalmente la hundía en el agua espumosa para sacarla ágilmente con un gesto mil veces repetido, y sacudirla enérgicamente frente a la cara de Luz, que reía estrepitosamente al verse salpicada por el agua tibia y los copos de espuma blanca que pintaban en la piel negra de su rostro efímeras constelaciones.

Para Luz aquella era la hora mágica de la semana, en la que acompañaba a su madre a lavar la ropa a casa de la señora Telma Buenaventura, la única con pila para lavar y un depósito con agua en el pequeño pueblo de Tumaco. Esperaba cada jueves con impaciencia, de pie en el quicio de la modesta cabaña sobre palafitos que compartía con su mamá, el instante en que ella rodeaba el balde rojo con el brazo, con las contadas vestimentas de ambas en su interior, y se dirigía a lavarla en el patio de la vecina. Luz anhelaba ese momento desde el día anterior y, en secreto, se estiraba antes de salir tratando de ganar unos centímetros de altura que le permitieran meter las manos en el agua enjabonada y compartir aquella felicidad nacida de olor a limpio, agua y risas.

– Mami ¿te ayudo ya? –preguntaba en cada ocasión, levantando la vista.

– El próximo día, mi amor –contestaba la madre, pasándole la mano por el pelo ensortijado de pequeñas coletitas rematadas con cuentas de vivos colores-. El próximo día.

Empapada y feliz, Luz regresaba cada jueves precediendo a su madre dando saltitos y canturreando canciones que había escuchado en la radio a pilas que don Ramón Nariño asomaba cada mañana a su ventana, regalándole a Tumaco cumbias y vallenatos que, como un brebaje prodigioso, amnesiaba a todos los habitantes de aquel villorrio del Pacífico colombiano, olvidándolos de sus penas.

Pero Luz era ajena a las penurias que la rodeaban. Para ella, Tumaco era un paraíso de playas doradas sombreadas de cocoteros, donde pasaba el día jugando con otros quince o veinte niños a concursos con reglas inventadas sobre la marcha y competiciones imposibles, en las que la mayoría de las veces no sabía si debía perseguir, o evitar que la persiguieran. Jugaban a meter palitos en los agujeros donde se guarecían los cangrejos tratando de que, molestos, los engancharan con sus pinzas, o simplemente corriendo muertos de risa por la playa, espantando la marea de pequeños crustáceos rojos que invadían la arena y huían de la jovial acometida como una ola en retirada.

No tenía importancia para Luz, que ella y su madre sólo comieran carne una vez al mes, o que no descubriera la televisión hasta un día en que unos señores altos y rubios con camisa blanca y extraño acento, reunieron a todo el pueblo delante de una caja y, como por ensalmo, ésta se iluminó, y en su interior unos personajes tan blancos como los recién llegados pero muy barbudos, construyeron una barca enorme para muchos animales que no había visto nunca; y luego otros anduvieron perdidos durante muchos, muchos años, por una playa sin agua, ni palmeras, ni cangrejos. No recordaba muy bien aquella historia, y nadie más de Tumaco debió hacerlo, pues aquellos señores rubios acabaron enfadándose con la gente por reírse en momentos que les decían no podían hacerlo, y al poco se marcharon llevándose con ellos su caja. Aquel acontecimiento sólo sirvió para que, con el tiempo, los niños interpretaran valiéndose de aquellos adustos personajes de largas túnicas, unos disparatados cuentos que hacían persignarse a más de una vecina de la aldea.

A Luz tampoco le molestaba en absoluto, la lluvia que se colaba por la techumbre de palma y repiqueteaba en el suelo de tablones como un tamborilero loco; o que tuvieran sólo una quejumbrosa cama, en la que se abrazaba a su madre cada noche como si fuera la última, ignorando el calor y los mosquitos. Ni siquiera la ocasión en que, ardiendo de fiebre y con el estómago hinchado un curandero murmuró en voz baja que tenía que tomar la infusión de cierta corteza o de lo contrario moriría, lamentó estar donde estaba y con quien estaba. En Tumaco, con su madre, Luz era feliz.

Entonces, en uno de tantos días de correrías, uno de los niños descubrió en la arena hinchado como un pez globo, un cadáver. Y aquel muerto sin pantalones y un tiro en la cara, era el preludio que iba a cambiar la vida de Tumaco, de su madre y, por supuesto, la de Luz. Para siempre.

– Diría que está muerto –concluyó circunspecto don Ignacio Matusalén, un hombre tan viejo como su apellido enunciaba y que decía haber sido maestro de escuela en un impreciso pasado.

Un corrillo de vecinos de Tumaco rodeaba el difunto manteniendo las distancias y asintiendo gravemente a las meditadas deducciones del maestro.

– Y parece que lo han matado… –murmuró con voz inquieta, dando un paso más para observar de cerca el enorme boquete que el finado exhibía en mitad de la frente.

– Lo que está claro, es que no es de por aquí –apuntó alguien con cierta guasa, subrayando que aquel muerto era de color blanco violáceo, mientras que en el pueblo no había nadie que bajara del café con leche.

– A lo mejor se ha suicidado –dijo otro.

– Difícil lo veo –alegó don Ignacio meneando la cabeza.

– ¿Y qué hacemos con él? –preguntó una señora, haciéndose eco de lo que todos tenían en mente.

– Deberíamos llamar a las autoridades –musitó poco convencido el viejo.

– ¿Qué autoridades? –inquirió la señora

– No se… a las autoridades

Y ahí quedó todo. Al no existir en Tumaco ningún poder del estado, no se tomó ninguna decisión. El muerto quedó a merced de los cangrejos durante varios días, y una noche de tormenta en que el mar se embraveció, lo arrastró de vuelta tal como lo había traído al comprobar que nadie lo reclamaba.

De lo que nadie en Tumaco parecía haberse apercibido, es que el muerto sin pantalones y agujero en la cabeza, llevaba anudado al cuello un sucio pañuelo rojo.

Pasaron los días y la modorra ecuatorial volvió a adueñarse de Tumaco. Nadie se acordaba ya del misterioso cadáver, y si acaso quedó su recuerdo encarnado en un nuevo personaje de las invenciones infantiles, que de modo sorprendente acabó incorporado a los reescritos periplos de Noé y Moisés.

Luz tan sólo había visto el cadáver de lejos, incapaz de acercarse a aquel hombre del que le salían gusanos de las cuencas de los ojos. Aún así, el día en que vio desfilar por el pueblo a una docena de hombres armados, con pañuelos rojos atados al brazo izquierdo y gesto inquisitivo, supo que eran amigos o enemigos del muerto, y que quizá lo andaban buscando.

El que andaba en cabeza de todos ellos se detuvo en lo más parecido que había a la plaza de Tumaco, y con voz autoritaria conminó a todo el mundo que lo oyera a reunirse a su alrededor.

Obviamente, nadie acudió.

Entonces, tomándoselo como una rutina ya repetida en otras ocasiones, se limitó a hacer un par de gestos a izquierda y derecha a sus hombres, y estos se dispersaron como cucarachas entre las casas de palafitos de mangle y palma.

A empujones y culatazos sacaron a todo el mundo de sus hogares y acabaron reuniendo a Tumaco en pleno, incluidos niños y ancianos, alrededor de aquel hombre con boina roja y cara de sapo que se comportaba como el dueño del mundo.

– Bien –dijo alzando la voz-, ahora que están todos, me presentaré. Soy el comandante Hugo Almeida de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, y hemos venido a salvarles.

Si el ceñudo comandante esperaba algún tipo de algarabía o si quiera un murmullo de aprobación, debió sentirse bastante decepcionado. Pero ignorando el griterío de una escandalosa familia de cotorras, o la animosa cumbia que desde la radio a pilas de don Ramón se empecinaba en despojar de solemnidad al discurso, emprendió una perorata con reclamos de libertad, justicia, y contra un gobierno corrupto que, a la gente de Tumaco, les era tan próximo como el monte Olimpo y sus dioses arrendatarios. Aun así, todos escucharon con forzado y ajeno silencio hasta que, finalmente, el comandante dijo lo que en realidad había venido a decir.

– Pueblo de Tumaco –exhortó, alzando aún más la voz-. Hoy es el día en que por fin podrán luchar por su libertad y su patria. Hoy es el día en que se podrán unir a la revolución ¡Colombianos, a las armas! –gritó exaltado, alzando el brazo en el que cargaba la ametralladora.

Los asistentes, a pesar de la inflamada arenga, no acababan de entender a qué había venido aquel hombre, y lo contemplaban con los ojos muy abiertos en atónita cautela. Alguno, sin embargo, cayó en la cuenta de que era colombiano, aunque de todo lo demás no alcanzara una palabra. El resto de tumaqueños murmuraban entre sí, preguntándose qué diantres estaba predicando aquel señor con boina.

El comandante Hugo Almeida miró en derredor, con una cólera mal contenida trepándole por la tráquea.

– ¡Hideputas estos! ¿Es que no entienden o qué? –escupió al fin- ¡Nosotros matándonos por todos ustedes, y aquí no hacen otra cosa que güevonear! ¡Pues eso se acabó!

Se volvió hacia un indio pequeño y nervudo al que la ropa de camuflaje le quedaba tres tallas grandes.

– ¡Morales! –rugió- Ahora mismo me recluta a diez voluntarios, y al que se resista se lo baja ¿me oyó?

El aludido respondió con un torpe saludo militar y un susórdenes en la boca, empezó a dar órdenes al resto de la tropa y, mezclándose con la gente que paralizada por la sorpresa y la incomprensión no llegaron ni a moverse del sitio, en un santiamén sacaron a empellones a diez jóvenes de trece a veinte años de entre la multitud, y los rodearon apuntándoles con las armas.

Fue entonces cuando las madres y los padres de aquellos muchachos, al fin se dieron cuenta de que algo malo estaba sucediendo, y así trataron de acercarse a sus hijos, reclamando cada vez más nerviosos por el cariz que iba tomando el asunto.

El comandante, que ya había bajado su arma, apuntó entonces con ella al gentío y advirtió que mataría al que se acercara un paso más.

Luz, escondida detrás de las piernas de su madre, observaba todo sin entender nada. Tan sólo cuando vio que la partida de guerrilleros se adentraba en la selva, empujando a aquellos muchachos que hasta ese momento habían sido sus vecinos, a golpe de cañón y con las manos en la nuca, intuyó que aquello no era bueno y que, si las mamás lloraban como si les hubieran robado el alma mientras sus maridos se esforzaban vanamente por consolarlas, es que definitivamente, algo no iba como debía.

– Mami –preguntó con su voz aguda, tirándole del vestido- ¿Qué pasa?

Pero no recibió respuesta. En cambio, Segunda la tomó en brazos en silencio, le dio un largo beso en la frente, y se encaminó despacio hacia la casa.

Esa misma tarde, Ignacio Matusalén llamó a su puerta.

Luz jugaba en el suelo con una suerte de muñeca que había fabricado ella misma, con brazos de ramas que había traído la marea y pelo trigueño de fibras de coco.

El señor Matusalén se sentó circunspecto a hablar con su madre en voz baja, y Luz no prestó más atención que la habitual en estos casos, hasta que oyó su nombre en boca del anciano y, al mirar hacia arriba, advirtió una sombra de preocupación nublando las pupilas de su madre.

– Es muy peligroso quedarse aquí –insistía el hombre-. Si han venido una vez, vendrán más. Y luego el ejército, y dirán que somos todos guerrilleros… créame, esto ya lo he vivido.

– Pero ¿a dónde podemos ir? No tenemos nada.

– Eso sí que no sé decírselo, querida. ¿No hay algún familiar que las pueda recibir?

– No… es decir, sí. Mi hermana vive en Barranquilla, pero es una devota de la virgen de puño… ya sabe. No querría hacerse cargo de nosotras, aunque seamos sangre de su sangre.

Ignacio Matusalén miró al suelo, donde Luz permanecía sentada sin quitarle ojo a su madre.

– ¿Y… a ella sola? –murmuró, sugiriendo algo que no se atrevía a sugerir- ¿Acogería su hermana a la pequeña Luz?

CAPÍTULO 2


–      Feliz cumpleaños, mi princesa.

–      ¡Oh, Mami! ¡Gracias! –exclamó exultante, mientras alargaba las manitas hacia el vestido amarillo de volantes, con pequeñas flores rosadas y azules bordadas a mano- ¡Es tan bonito!

–      De nada, mi amor… Póntelo, a ver cómo te queda.

Sin que se lo tuvieran que repetir dos veces, se deshizo rápidamente de la raída camiseta que llevaba y dejó caer por la cabeza el pequeño vestido de tirantes que le alcanzaba hasta las rodillas.

–      Qué linda estás…

–      ¿De verdad, mami?

Segunda la observaba con orgullo de los pies descalzos a la cabeza coronada de trencitas.

–      Eres la niña más hermosa de todo el Pacífico

Con la sonrisa de oreja a oreja y las manos en la cintura, giró sobre sí misma para hacer bailar al vestido y luego abrazó a su madre sin dejar de reírse. Entonces se le ocurrió algo y dio un paso atrás.

–      Mami ¿puedo ir donde la seño Gertrudis a verme en su espejo?

–      Claro, mi niña. Anda, corre y que vea lo preciosa que estás.

La señora Gertrudis era una anciana viuda de ojos tristes y fantasmas en el recuerdo que adoraba a los niños, y en especial a Luz, a la que veía como a la nieta que sabía tenía pero nunca volvería a ver.

–      ¡Seño Gertrudis! ¡Seño Gertrudis!

La reclamada asomó a su puerta y abrió los brazos de par en par, sonriendo con la mirada al descubrir frente a su casa una niña dando saltos de impaciencia con un vestido amarillo.

–      ¿Pero quién es esta niña tan bella? –preguntó entrecerrando los párpados y tratando de agacharse

–      ¡Soy yo! ¡Luz!

–      ¡Dios mío, Luz. Que vestido tan bonito!

–      ¿Me puedo ver en su espejo, seño Gertrudis? –preguntó la niña con incontenible ansiedad

–      Claro hija, claro. Pasa –y se hizo a un lado, cuando la pequeña ya se había colado como una lagartija camino del enorme espejo de cuerpo entero de su armario, famoso en todo Tumaco y muy solicitado en bodas, bautizos y funerales.

Cuando la señora llegó a su habitación, allí estaba Luz mirándose y remirándose. De frente, de espaldas, de lado, de medio lado.

–      ¿Y quién te ha regalado este vestidito?

–      Mi mami –repuso ufana, sin dejar de contemplarse-. Hoy es mi cumpleaños.

–      ¡No me digas! ¿Y cuántos años cumples?

–      Siete –replicó levantando ambas manos y escondiendo tres deditos.

–      Huy, ya eres una mujercita

–      ¿Le gusta? –preguntó, hipnotizada por su reflejo- Tiene florecitas ¿vió? –y se señaló a sí misma.

La anciana asintió benévola.

–      Sin duda alguna… es el vestido más hermoso que he visto en toda mi vida.

–      ¿A que sí? –respondió volteándose hacia la señora, y sin darle tiempo a contestar echó a correr de nuevo hacia su casa, dejando un “gracias seño Gertrudis” difuminándose en el aire tras una estela amarilla.

Recorrió los pocos metros que separaban ambas viviendas casi sin aliento, pensando sólo en darle de nuevo las gracias a su mamá por el regalo más hermoso del mundo.

La sorpresa la tuvo cuando, cruzando la puerta, la encontró sentada en la única silla de la pequeña casa, con los codos en las rodillas y el rostro hundido entre las manos.

–      ¿Mami? ¿Estás bien?

Y al levantar ésta la cabeza, las lágrimas encharcadas en sus párpados reflejaron la límpida luz de la mañana que entraba por la puerta.

–      Sí, mi amor. Estoy bien…

–      ¿Por qué lloras?

No contestó. Tan sólo se secó los ojos con el dorso de la mano, y tomando a su hija se la puso en las rodillas.

–      Luz –dijo con voz suave, acariciándole la cabeza- ¿Recuerdas que te he hablado alguna vez de mi hermana María, la que vive en Barranquilla?

–      ¿Tía María?

–      Esa misma. ¿no te gustaría ir de vacaciones a su casa un tiempito?

–      ¿Vacaciones? –preguntó la pequeña, sin acabar de entender demasiado el concepto.

–      Sí, nos iremos de viaje. Pasado mañana.

–      ¿Pasado mañana? Pero…

–      Iremos en bus –apuntó alzando las cejas.

–      ¡En bus! –exclamó emocionada. Nunca había subido en autobús, aunque alguna vez los había visto pasar repletos de personas que iban de aquí a allá, fantaseando de lejos con que alguna vez ella también subiría en uno-. ¡Oh, mami! –y se lanzó en sus brazos incapaz de contener ella sola tanto gozo en su pecho.

Esta vez no vio como las lágrimas se derramaban de nuevo por las mejillas de su madre.

Dos días más tarde, tal y como le había anunciado su madre, guardaron sus pocas pertenencias en una bolsa de arpillera y subieron a un atestado autobús camino a San Juan de Pasto. El entusiasmo inicial de Luz había dejado paso a una tibia decepción, al descubrir que el interior de aquel vehículo estaba lejos de la difusa perspectiva que se había creado, y que engalanarse con su pantaloncito y su blusa verde con encajes había sido un gesto tan exagerado como inadvertido.

Ambas iban de pie, estrujadas entre hombres y mujeres cargados con bultos, gallinas y bebés. El saco con sus ropas iba en el techo, supuestamente a cubierto de la lluvia que azotaba las ventanillas, mientras Luz apretaba contra su pecho una gastada maletita roja que meses atrás encontró olvidada a la orilla de un camino y en la que guardaba sus más queridas pertenencias: un caballito de plástico de larga cabellera azul, un cuaderno usado en el que apenas quedaban pequeños espacios sin garabatear y, por supuesto, su vestido amarillo.

Tardaron más de nueve horas, en recorrer los escasos trescientos kilómetros de caminos infames hasta alcanzar el asfalto, e iniciar el pronunciado ascenso que las llevaba a la brumosa y arisca ciudad de Pasto.

Llegaron ya entrada la noche, y un frío intransigente circulaba libremente entre las ventanillas que no se podían cerrar o que, simplemente, carecían de cristales. La terminal donde las dejó el autobús, a las afueras de la ciudad, era intrincada y oscura. Por primera vez Luz llegaba a un lugar como aquel, y no le gustó.

Trataron de hacerse con un boleto para esa misma noche que las llevara a Medellín, con la intención de ahorrarse así la noche en la terminal de autobuses, pero una taquillera hosca que arrastraba las palabras y había decidido eliminar la letra erre de su vocabulario, estudió a madre e hija por un momento, y les informó que ea peligoso viaja de noche, y el póximo autobús pa Medellín no salía hasta las seis y cuato del día siguiente. A Luz y a su madre no les quedó otra, que arrebujarse en una esquina poniéndose encima la escasa ropa que llevaban en la bolsa, y esperar a que el sereno de la sierra fuera piadoso con ellas.

A las siete de la mañana, Luz descubrió que era pobre.

Sentada en las faldas de su madre para no pagar asiento, en el autobús que esa escarchada mañana debía conducirlas a Medellín, no podía dejar de mirar las mustias aunque sólidas casas de ladrillo y verja que almenaban la carretera, así como los relucientes automóviles con los que se cruzaban, y que poco tenían que ver con las humeantes tartanas que de tarde en tarde se dejaban caer por Tumaco. Incluso en la misma terminal, se hizo patente que no era lo mismo un Autobús Ejecutivo Pullman, de enormes ventanales y asientos acolchados, que aquella renqueante chiva que hedía a caldo de pollo y humanidad en salsa.

De cualquier modo, para Luz no dejaba de ser una aventura de las de nariz pegada a ventanilla, y vino a su memoria una frase que una vez le había leído Ignacio Matusalén, de un libro que cuidaba como a su dentadura, y que hablaba de un tiempo en que el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y, para mencionarlas, había que señalarlas con el dedo. Del mismo modo, cada pocos instantes Luz clavaba su pequeño dedo moreno en el rayado cristal, llena de asombro y maravilla.

-¡Mami, mira! –gritaba entonces, zarandeando a la pobre Segunda que había pasado la noche en vela con un ojo abierto -¿Qué es eso?

La aludida, somnolienta, apenas giraba la cabeza, y las veces que ella tampoco sabía, que no eran pocas, se inventaba una palabra y rebautizaba sin empacho un sidecar como motocoja, o una avioneta fumigadora como llueveavión; y antes de llegar a Popayán, ya dormía tan profundamente que ni se enteró del momento en que se detuvieron en Cali, o cuando hubo que cambiar una rueda pinchada a la altura de Cartago. Luz, sin embargo, permaneció las quince horas de viaje descubriendo un nuevo mundo de hombres y mujeres de tez clara, densas nubes ensartadas por ásperas montañas erizadas de bosques, o ciudades interminables hormigueadas de carros, buses, y una miseria que desconocía, triste y desengañada, reflejada en las pupilas de los niños que subían a la chiva, vendiendo chicles y maníes con el alma a trocitos en bolsitas de a peso.

Y allí, en Medellín, tuvieron que pasar de nuevo la noche en una sucia esquina de la terminal, para el día siguiente tomar el último bus del agotador peregrinaje que debía llevarlas a Barranquilla.

CAPÍTULO 3


Barranquilla ya no sorprendió a Luz. No dejaba de ser una ciudad tan grande y desaliñada como Pasto, Cali o Medellín; aunque, sin embargo, a diferencia de aquellas, allí el sol imperaba entronado en un cielo índigo, las palmeras descollaban sobre los techos oxidados de las casas, e incluso para su costeño regocijo, el mar Caribe se perfilaba en un horizonte esmeralda sembrado de velas blancas. Y en cierto modo, aún encontrándose en la otra punta del país, aquello la hizo sentirse menos lejos de Tumaco.

La casa de su tía, María Clementina Cuero, era una de tantas en un barrio de calles casi asfaltadas y farolas tuertas en los arrabales de la ciudad, pero a Luz se le antojó un lugar fabuloso en el que casi dudaba les permitieran permanecer a ella y a su madre de puro lujoso que le parecía.

Al doblar una esquina, Segunda Clementina se detuvo ante un portalón de hierro descascarillado y, tras comparar el número que aparecía pintado en la pared con el que llevaba escrito a lápiz en un trozo de papel, golpeó la puerta con los nudillos.

Pero nadie apareció al otro lado.

Insistió con más fuerza. Una. Dos veces. Hasta que finalmente, una niña mofletuda algo mayor que Luz asomó a la ventana enrejada del primer piso y les conminó a que se fueran, que allí no daban limosna.

–      No somos mendigas –repuso la mujer, alzando la barbilla con orgullo- ¿Es esta la casa de la señora María Clementina Cuero?

–      Es mi mamá –confirmó la niña

–      Yo soy tu tía Segunda, y ella es tu prima Luz –aclaró, apuntando con la cabeza a su hija- ¿Está tu madre en casa?

La niña en la ventana las estudió a ambas con patente escepticismo, dudando que su madre tuviera algo que ver con aquel par de astrosas campesinas.

–      No –contestó finalmente-. Ha salido.

–      ¿Y sabes si tardará mucho en regresar?

–      Quizá –replicó la niña con indolencia

Segunda sacó el pie derecho de su sandalia y lo volvió a meter, en un gesto que repetía cuando pensaba o se contrariaba.

–      Estamos muy cansadas- murmuró- ¿Podemos esperar a tu mamá en la casa?

La chiquilla las ojeó desconfiada una última vez y desapareció de la ventana, sin molestarse siquiera en decir no.

María Clementina Cuero regresó cerca de las cinco de la tarde, y tuvo que mirar dos veces a su hermana para reconocerla en aquella mujer con harapos y ojos cansados sentada en la acera frente a su casa. Llegaba acompañada de su vecina Violeta Jaramillo Dueñas, con la que procuraba relacionarse todo lo posible por ser ésta tan blanca como la leche, borrosamente esperanzada en que tal compañía diluyera su rotunda negritud a los ojos del mundo.

–      ¡María! –exclamó Segunda sonriente, poniéndose en pie al ver acercarse a su hermana, abriendo los brazos para ir a saludarla.

La hermana, con los ojos encendidos, le hizo el gesto de que se detuviera.

–      Espere aquí –le dijo lo más fríamente que pudo, e introduciendo la llave en la cerradura entró en la casa precedida de su vecina, no sin antes destinarle a su hermana una mirada cargada de desdén.

El portazo resonó en toda la calle y Segunda se quedó así, abrazando el aire, con la pequeña Luz agarrada a su vestido.

–      ¿Mami, esa era la tía María? –preguntó intrigada

Miró hacia abajo, y vio su propia incredulidad reflejada en los ojos de su hija.

–      Sí, mi amor. Pero debe estar muy ocupada… -la excusó torpemente- Enseguida verás que sale a recibirnos.

El enseguida se hizo atardecer y luego noche, y no fue hasta entonces que la mujer blanca salió de la casa, dedicando al marcharse un vistazo de curiosidad a esa mujer desarrapada, que junto a una niña pequeña seguían esperando en la calle. Aún tardó un buen rato en aparecer por la puerta la cabeza ratonil de María Clementina, inspeccionando a lado y lado de la calle antes de hacerle un gesto hosco a su hermana para que entrara en la vivienda.

–      Tendrías que haber avisado antes de llegar –le espetó sin más preámbulos-. La gente educada llama antes de presentarse en casa ajena.

–      Te avisé que llegaría esta semana y…

–      No sé qué va a pensar ahora de mí doña Violeta… -murmuró meneando la cabeza, sin escuchar- y encima, hay que ver como vienes… –le reprochó frunciendo la nariz- Hasta hueles mal.

–      Llevamos tres días viajando, casi sin dormir, y aún no hemos podido bañarnos.

–      Bueno –desdeñó la aclaración con la mano- , ya estás aquí. El mal ya está hecho.

La mujer ladraba más que hablar. A Segunda le costaba entrever en ella a la muchacha con la que había compartido techo y sueños diez años atrás, mientras Luz se escondía tras su falda, incapaz de creer que hubiera un parentesco real entre su dulce madre y aquella mujer avinagrada.

Seguidamente se adentraron en la casa, y Luz se creyó visitando un palacio de los que trataba de imaginar cuando el señor Matusalén explicaba cuentos al atardecer en la playa de Tumaco. Había en ésta una mesa enorme en medio de la sala, rodeada de ocho sillas a juego, y una recargada lámpara en el techo iluminando con tan desmesurado fulgor que no parecía que fuera hubiera caído ya la noche. En cada una de las paredes, enmarcados en pomposos marcos, colgaban cuadros con escenas de lo más variopintas: desde una serie de escarpadas montañas, que no comprendía por qué el pintor había coloreado de blanco, a una extraña escena en la que unos hombres vestidos de rojo montados a caballo, parecían perseguir a unos perros, que a su vez perseguían a otro perro rojizo más pequeño, que supuso Luz, debía perseguir a otro perro aún más pequeño que ya no cabía en el cuadro. El reloj más grande que había visto en su vida también tenía hueco en aquella sala, con un dorado marco que sin duda –pensó- debía ser de oro macizo, y un incansable péndulo que la mantenía hipnotizada, mientras su madre y su tía discutían en una esquina alzando cada vez más la voz. Aun así, apenas les prestaba una atención acaparada por la más extraordinaria casa que hubiera visitado jamás.

La niña que se había asomado a la ventana horas antes, bajó entonces por la escalera acompañada de otras dos, tan entradas en carnes como ella e igualmente disfrazadas con unos recargados vestidos, que apenas eran capaces de contener las precoces lorzas que Luz sólo había visto antes en doña Eufrasia Menudillos, la vecina que un vez al mes arrastraba su voluminosa humanidad hasta Pasto para comprar unos trozos de carne de una textura, color y olor tan sospechosos, que lograba reafirmar ella sola la natural inclinación de los tumaqueños por las verduras y el pescado.

Como Boteros malcarados, las tres se colocaron frente a Luz con ceños y narices fruncidas, escrutando y oliendo a la menuda recién llegada con la calidez que proferirían a un perro sarnoso que se hubiera colado en la casa.

–      ¿Y tú quién eres? –preguntó la que parecía ligeramente mayor de las tres.

–      Me llamo Luz Elia Miranda Clementina, para servirles -contestó con una graciosa reverencia.

–      Nosotras somos María Gracia, María Divina –dijo señalando a sus hermanas- y yo, María Bendita. Ellas son mellizas –añadió, sin que aquellas llegaran a decir esta boca es mía- …y tenemos muchas, muchísimas muñecas ¿te gustaría verlas?

Luz miró a su madre, que aún discutía o, mejor dicho, parecía estar siendo reprendida por la tía María, y como tenía muy bien aprendido aquello de no interrumpir a los mayores cuando están hablando, asintió con la cabeza tímidamente a la invitación, intrigada por los prodigios de muñecas que debían poseer las moradoras de aquella casa de ensueño.

Emocionada, siguió a las hermanas escalera arriba mientras cuchicheaban, y se reían de algún chiste que ella no alcanzó a escuchar. En la segunda planta, un corto pasillo se bifurcaba en varias habitaciones a oscuras y cada una con su propia puerta, lo que a Luz se le antojó el colmo de la opulencia, pues en Tumaco nadie tenía más que simples cortinas separando las mínimas piezas.

–      Mira –dijo entonces María Bendita al tiempo que, como un mago levantando el velo, accionaba el interruptor de la luz que iluminaba la habitación.

Luz Elia Miranda Clementina fue incapaz de articular palabra. Se había quedado, literalmente, con la boca abierta. Ordenadas una al lado de la otra en estanterías que ocupaban del techo al suelo del cuarto, decenas de muñecas formaban listas para revista, dejando sólo un hueco cuadrado para la ventana que daba a la calle. Las había de todos los tamaños, colores y formas: desde humildes de trapo y trenzas de lana, a imitaciones tan perfectas, que parecían estar esperando que las bajaran del armario para regresar caminando a casa.

–      ¡Oh! –suspiró al cabo, extasiada, e instintivamente dio un paso hacia la que tenía más cerca, y extendió la mano para tocarla.

Un inesperado manotazo la sacó violentamente del hechizo.

–      Mirar y no tocar, se llama respetar… –reprendió burlona la autora del golpe, una de las mellizas. Y las tres hermanas se echaron a reír.

Luz quedó inmóvil, paralizada por el desconcierto con un amago de sollozo frunciéndole los labios.

–      ¡Luz! Baja un momento cariño –se oyó entonces desde el piso de abajo

La oportuna llamada de su madre la sacó del estupor, y aunque salió del cuarto con aire decidido apartando a una de las hermanas con el hombro, mientras bajaba por la escalera agarrándose a la barandilla con la mano derecha, con la izquierda se enjugó un par de lágrimas que tercamente insistían en asomarse.

-¿Sí, mami? -preguntó al llegar al salón, donde su madre la esperaba sentada en una silla, cansada, en tanto la tía velaba con gesto de desagrado.

– Luz, he estado hablando con tu tía María…-murmuró cabizbaja, dejando una pausa demasiado larga- Y hemos decidido que vas a quedarte un tiempo con ella, aquí, en su casa.

La niña no alcanzó a decir nada, porque nada entendía en tal explicación. Tan solo miraba con los ojos muy abiertos, como si aquella frase se la hubiera dicho a alguna otra.

–      ¿Entiendes lo que te digo, Luz?

Ésta, tentada de mirar a su espalda para ver con quién hablaba su madre, continuaba sin comprender.

–      Yo no me puedo quedar contigo, mi amor. He de regresar hoy mismo, pero tía María te cuidará como a sus hijas y me ha prometido que te llevará al colegio para que aprendas a leer, a escribir y a sumar.

–      ¿Mami…?

–      Mi amor… -musitó sujetando la pena- Te quiero mucho ¿me oyes? Esto va a ser sólo por un tiempito, hasta que las cosas se calmen en Tumaco.

–      ¿…te vas?

Segunda Clementina Cuero mesaba los cabellos trenzados de su pequeña, sin voz ni fuerzas, para obligar a las palabras que no quería oírse decir, escurrirse entre los barrotes de su desolación.

–      No puedo quedarme, amor mío. Pero te llamaré a diario –la angustiada voz llegaba trémula al oído de la pequeña- …será sólo un tiempito.

–      Pero mami… yo quiero estar contigo –imploró la niña.

–      Sí mi amor, lo sé y te suplico me perdones… pero tengo que hacerlo, por tu bien. Algún día lo entenderás.

Y más por el tono, que por las palabras que tan lejanas le sonaban, la pequeña Luz Elia Miranda Clementina Cuero alcanzó a intuir lo que le estaba pasando, y como un humo áspero el miedo le trepó por la garganta.

–      No, mami… -sollozó ahogadamente, abrazando a su madre con el alma encharcada, aferrándose a la blusa con sus pequeñas manitas- no me dejes…

Segunda se arrodilló con el corazón hecho jirones, la besó en la frente, e incapaz de ponerle letras a aquel lacerante dolor que le nublaba voz y las pupilas, tan sólo alcanzó a dibujar un tembloroso corazón en el pecho de su hija con el índice, para luego llevarse el dedo a los labios.

-Pórtate bien –masculló forzando una sonrisa estéril-. Haz caso a tu tía, y estudia mucho.

Entonces se puso en pie trabajosamente, tomó su hatillo de yute, y apremiada por la impaciente mirada de su hermana salió por la puerta muriéndose por dentro, volviendo la vista atrás un último instante para silabear en la penumbra un te quiero, que Luz no llegó a ver.


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