Primeros capítulos


La tormenta

– ¡Arriad la mayor! –bramó una voz sobre el fragor de la tempestad-. ¡Asegurad el trinquete!

No hubo respuesta alguna pero varios hombres, ignorando las gigantescas olas que barrían la cubierta, comenzaron a trepar temerariamente por las jarcias dispuestos a recoger el velamen, antes de que los vientos de más de setenta nudos que soplaban en ese momento lo dañara, o aun peor, destrozara por completo el único mástil de la nave.

El Hermano Joan Calabona, contradiciendo las órdenes del capitán, contemplaba la escena desde el castillo de popa, a merced de los elementos e intentando que no lo arrastrase la siguiente ola. Pero, aun así, mejor allí en cubierta que sufriendo el insoportable hedor a orines y vómitos de la sentina.

Contemplaba incrédulo, cómo la que hasta unas horas antes le parecía una soberbia embarcación, era ahora zarandeada sin piedad por montañas de agua oscura que la golpeaban desde todas direcciones; rompiendo cabos, madera y huesos, y lanzando sobre los que se encontraban en el puente, una fina lluvia que el viento convertía en afiladas agujas que herían allí donde la piel no estaba protegida. A dos pasos de él, pero que podían haber sido dos leguas, el capitán Villeneuve entrecerraba los ojos intentando adivinar la presencia del resto de la flota; más allá de los muros de agua y espuma, señalando al piloto un lugar imposible con la mano que le quedaba libre y gritándole unas instrucciones a las que éste asentía sin entender la mitad de lo que oía. Mientras, Joan Calabona, calado hasta los huesos y aferrado al pasamanos con todas sus fuerzas, se preguntaba aterrorizado si era la voluntad del señor que acabara allí su viaje.

Hacía casi ocho semanas que habían zarpado dela Rochelleamparados por la oscuridad de la noche. Dieciocho cocas de entre sesenta y noventa pies de eslora se habían hecho a la mar con su valioso cargamento atestando las bodegas, hasta el punto que, incluso, se habían retirado las piedras del lastre para hacer sitio. Veintidós días sin tocar puerto habían necesitado para llegar a las Islas Afortunadas, donde en una de las más occidentales, la llamada ínsula Gomera, se habían reabastecido de agua, fruta y verduras. Veinticinco, veintiséis o veintisiete, qué más daba, eran las jornadas que llevaban navegando desde entonces. El agua, ya podrida, llevaba días racionada a un solo cuenco a la puesta de sol. La verdura duró una semana y hasta la carne seca, llena de gusanos, era tan sólo un sabroso recuerdo. Había quedado tan reducido el espacio en el barco para las provisiones, que se había apurado hasta el límite de posible, y si Dios no lo impedía mostrándoles tierra firme en las próximas jornadas, serían una tripulación de fantasmas navegando hacia el otro mundo.

Pero esas, eran preocupaciones que había tenido horas antes.

– ¡Hermano Joan!

Abrió los ojos y se encontró frente al rostro del contramaestre, que a pocos centímetros y con el agua corriendo por su cara, le gritaba a pleno pulmón.

– ¡Vaya abajo! –exclamó de nuevo, alzando la voz sobre el rugido del viento-. ¡Es muy peligroso estar aquí!

El fraile tan sólo movió la cabeza, negando, a lo que el contramaestre respondió con un inaudible insulto entre dientes y, tras un momento de duda, encogiéndose de hombros, dándose la vuelta y encarándose de nuevo a la tormenta.

Joan Calabona decidió entonces sentarse en el tablazón y, pasando un brazo tras el candelero del pasamanos, consiguió entrelazar ambas manos frente al pecho para rezar. No era la postura correcta ni el lugar más adecuado pero, sin duda, era el momento de hacerlo.

Entonces se dio cuenta de que su preciado anillo, que tantos sacrificios le había costado conseguir, le bailaba en el dedo. Había adelgazado tanto, que debía atarse los calzones con un trozo de cuerda, contemplando cada día su propia delgadez reflejada en la cadavérica estampa de sus compañeros de travesía. Pero descubrir que podía perder el símbolo que le daba sentido a su existencia, le horrorizó aún más que la tormenta misma y, cuidadosamente, abrió una pequeña bolsita de cuero que llevaba atada al cuello e introdujo en ella aquello que lo identificaba como la última esperanza dela Ordeny que, finalmente, por uno de esos caminos inescrutables de la divina providencia, lo había llevado a estar esa noche de principios de noviembre rezando por su vida en medio de un huracán.

Con los párpados apretados luchaba por abstraerse de la vorágine que lo envolvía, y rogando a Dios por su alma y por la de los infortunados hombres que luchaban por sus vidas en ese infierno de agua y viento oyó, o más bien sintió en sus entrañas, un terrible crujido de muerte bajo sus pies, y supo, que la sólida coca diseñada para soportar las peores galernas del Mar del Norte había dicho basta y que herida de muerte, nunca llegaría a su destino.

Capítulo 1

Acababa de sacar la cabeza del agua aún con el regulador en la boca, cuando oí a Jack gritándome mientras se inclinaba sobre la proa del yate, agarrando con ambas manos el cabo del ancla.

– ¡Ulysses! El ancla se ha enganchado otra vez. Baja un momento y suéltala, por favor.

– ¿Otra vez? No jodas.

De mala gana, volví a colocarme el regulador con la mano derecha, mientras con la izquierda accionaba el purgador de aire del chaleco y, lentamente, me sumergía en las cálidas aguas de las que acababa de emerger

Cagoentodo –pensé mientras descendía–. Esto no puede ser bueno. Cinco minutos haciendo una descompresión como Dios manda, y ahora, tengo que bajar de nuevo y subir a toda prisa por culpa de la puñetera ancla. En mi vida he visto una que se enganche tanto, y cada día lo mismo. Hablaré con Jack: o el ancla o yo. No hay sitio suficiente para los dos en este barco.

Miré a mi alrededor hasta localizar el cabo, una tensa línea blanca que unía la sombra del Martini´s Law con el arrecife, nueve metros mas abajo. Incliné el cuerpo hacia el fondo, y me impulsé con fuerza hacia el punto donde se adivinaba el final de la soga, deseoso de acabar cuanto antes.

Al cabo de un momento ya me encontraba junto al ancla, sobre una enorme masa de coral vivo que aun bajo la mortecina luz de la tarde tropical, filtrada por millones de litros de agua, aparecía en todo su esplendor, con sus estructuras de pólipos de radiantes rojos, amarillos, blancos y morados de formas impensables. Por encima, por debajo, y a su alrededor, infinidad de pequeños peces de un azul eléctrico único en la naturaleza, formando una nerviosa nube, nadaban rápida y desordenadamente sin sentirse intimidados por otros tantos mucho mayores que ellos; Incluida una enorme barracuda solitaria, que vagaba por el arrecife como lo haría un vaquero por su rancho viendo engordar al ganado y que, curiosa, como todas las de su especie, me observaba de perfil como quien no quiere la cosa.

Una erupción de burbujas resultado de una blasfemia, ascendió desde mi boquilla cuando comprobé que uno de los tres brazos de la dichosa ancla, había atravesado inexplicablemente un pedazo de coral. Tiré con fuerza, pero entre las algas y la arena que estaba levantando, no veía con claridad por qué demonios no podía sacar algo que había entrado solo.

Me detuve un momento para comprobar la provisión de aire que me quedaba, tras cuarenta y cinco minutos guiando a los clientes y esta nueva inmersión: unas sesenta atmósferas. Calculé que a esa profundidad faltaban unos tres minutos antes de llegar al límite de presión de mi botella, punto a partir del cual, tendría debería empezar a pensar en regresar a la superficie.

Impaciente, saqué el cuchillo de la funda de la pantorrilla, dispuesto a trocear el arrecife entero si era necesario. Lo intenté clavar en la parte del coral que rodeaba el brazo del ancla, y me sorprendí de la dureza del mismo, así como, al verlo más de cerca, de su extraña forma. Parecía un anillo por cuyo agujero central, de unos pocos centímetros de diámetro, se había introducido justamente el brazo del ancla. Era algo que nunca había visto antes, y lamentaba tener que destruirlo para liberar esa estúpida ancla que tanto odiaba. Pero no me quedaba más remedio, así que golpeé el coral una y otra vez con toda la fuerza que era capaz de hacer bajo el agua.

– ¿Pero qué diablos…?  -me pregunté sobresaltado, al rebotarme el cuchillo con una aguda vibración.

Donde antes había coral, ahora aparecía una capa de sustancia verde y dura, mostrándome que lo que había golpeado, era coral tan sólo en su superficie. El ancla se había enganchado en una argolla de hierro oxidado, recubierta por una rugosa capa de coral vivo.

Tardé unos segundos en asimilar lo que estaba viendo. Pero no me cupo duda de que me encontraba ante una pieza construida por la mano del hombre que, a juzgar por la gruesa envoltura de coral que lo cubría, llevaba ahí abajo mucho tiempo. “A lo mejor incluso –pensé-, resulta ser algo valioso”.

Y de repente caí en la cuenta de que me hallaba a nueve metros de profundidad, que el oxígeno se me acababa, y que el ancla aún se aferraba tozudamente al arrecife. Comprobé de nuevo la provisión de aire, esbozando una mueca al descubrir la aguja del manómetro señalando los números rojos. Tenía que hacer algo, y deprisa.

Si subía a la superficie sin haber soltado el ancla, me ganaría una bronca de Jack y seguidamente bajaría éste en persona, descubriendo, de paso, la misteriosa argolla de hierro. Pero aunque con gran esfuerzo consiguiera liberarla, supondría tener que volver otro día a investigar, viéndome obligado a explicar lo que me traía entre manos para que mi jefe me trajera en el barco.

Miré la argolla, el ancla, el cabo, y finalmente, el cuchillo que llevaba en la mano derecha. Y una sonrisa maliciosa se me escapó bajo la máscara de buceo.

– Lo siento Jack, pero no he tenido otro remedio. Se me acababa el aire -expliqué, ya en cubierta, con un mal disimulado regocijo y el extremo serrado del cabo en una mano–. Pero no te preocupes, mañana mismo venimos un momento y yo mismo bajaré a buscarla, sé muy bien dónde está.

– Más te vale –repuso Jack con los brazos en jarra, intentando aceptar, que su ancla de mil dólares no estuviera con él a bordo.

Apenas amaneció el día siguiente, ya esperaba ansioso en la cubierta del yate, en el embarcadero de Utila, indiferente a la fresca brisa del amanecer de esta isla caribeña del norte de Honduras. Oculto entre el equipo, había traído una bolsa con un martillo y una escarpa, que me apresuré a disimular bajo una toalla, junto a las botellas. Al llegar un soñoliento Jack encadenando bostezos, apenas cruzamos un par de gruñidos como saludo y partimos inmediatamente.

Dejando de lado todas las normas de seguridad en el buceo, me sumergí solo, en busca del ancla, mientras mi jefe intentaba recuperar el sueño perdido en la borrachera de la noche anterior. No me costó ningún esfuerzo dar con ella y, sin perder tiempo, comencé a asestar golpes de escarpa al arrecife; luchando por descubrir lo que el coral escondía bajo su rugosa superficie. El esfuerzo resultaba considerable, pero tras liberar el ancla, comenzó a adivinarse que la anilla era parte de una pieza esférica de unos veinte centímetros de diámetro, que se prolongaba y ensanchaba a medida que rompía el coral que lo rodeaba. Poco a poco, fue tomando forma, hasta que tras un golpe seco la pieza se desprendió y quedó al descubierto. Para mi sorpresa, el artefacto en cuestión, de unos treinta centímetros de altura por algo menos de anchura, tenia la forma de una campana.

Con los mismos nervios que aquella vez que con doce años robé una chocolatina en un supermercado, escondí la pieza en una bolsa de tela que había traído en un bolsillo y ascendí con ella hasta el barco, hinchando bastante el chaleco de flotabilidad para compensar el exceso peso y, tras asegurarme de que Jack no se encontraba a la vista en cubierta, até la bolsa bajo el agua a la escala de popa y volví a sumergirme. Ésta vez sí, me encargué del ancla, enganchándola a un globo de recuperación que llené de aire y que salió instantáneamente disparado hacia la superficie, donde irrumpió bruscamente como una enorme medusa roja con problemas de aerofagia.

Yo emergí un minuto más tarde junto a la proa del barco, gritando a pleno pulmón, consciente de la resaca de mi jefe.

– ¡Vamos Jack! ¡Échame una mano! ¡Joder, que es tu ancla!

– No grites, que ya te oigo –rezongó, entrecerrando sus ojos enrojecidos mientras se asomaba por la borda.

Tiré del globo hasta la escalerilla, y ayudé a Jack a subirlo junto con el ancla, pero incordiándolo tanto que, entre mis exclamaciones y su resaca, no habría visto la negra bolsa de tela atada a su barco aunque hubiera contenido un piano.

En cuanto subí a bordo, arrancó motores y puso rumbo al embarcadero a toda velocidad, y yo aproveché para recobrar mi pequeño tesoro y esconderlo en el compartimento de herramientas.

Recibía en el rostro el cálido aire con regusto a salitre, sentado a proa, feliz por  haberme hecho con la pieza sin despertar sospechas, satisfecho de mi maquiavélica maniobra; pues fui yo el instigador de la soberbia borrachera de la noche anterior, consciente del estado en que amanecería el fornido australiano que me contrató seis meses atrás.

A medida que nos acercábamos a la isla, aparecían entre los altos cocoteros los tejados herrumbrosos de las casas de madera pintadas de colores pastel que tanto me gustaban. Muchas de ellas exhibían la bandera roja con franja blanca que las acreditaba como centros de buceo, pues éstos se habían convertido en la principal actividad económica de aquella pequeña isla de pescadores garífunas. Diez años atrás, cuando vine por primera vez, en Utila tan sólo existían dos de estos negocios, amén de una calle, un bar, una cafetería, una rudimentaria discoteca y un solo automóvil que no tenía muchos sitios a donde ir. Hoy, sin embargo, tras correrse la voz de que el mayor arrecife coralino del hemisferio rodeaba la isla, miles de buceadores de todo el mundo venían cada año a zambullirse en sus aguas y, a pesar de que ello me permitía trabajar como instructor de submarinismo en un enclave paradisíaco, en el fondo añoraba la tranquilidad perdida en beneficio de una discutible prosperidad.

Comencé a bajar mi equipo del yate nada más atracar. En cuanto me quedé solo en el muelle, saqué la bolsa de tela de su escondite y, aparentando despreocupación, la cargué al hombro hasta el bungalow donde me alojaba. Una vez allí, saqué la pieza de la funda y pude observarla por primera vez a la luz del día.

Las escasas porciones de metal que aparecían a la vista exhibían un tono verdoso, y el resto era una capa de coral blanquecino adherido a su superficie que, aunque desfiguraba la silueta del objeto, no dejaba lugar a dudas de que se trataba de algún tipo de campana. El porqué la había encontrado incrustada en un arrecife de coral en medio del Caribe, se me antojó un enigma desconcertante.

Ocho meses quizá no parezca mucho tiempo, pero yo no solía durar tanto trabajando en un mismo sitio. Llevaba ya varios años rodando de aquí para allá, ejerciendo como instructor de submarinismo la mayoría de las veces, pero sin hacerle ascos a nada en caso de necesidad. A una edad en que la mayoría ya tiene casa, coche, esposa y un par de mocosos, yo aún no me había establecido. Me había aficionado a viajar desde muy joven, y desde entonces, me había sido imposible concebir una vida diferente a la que llevaba en ese momento. No puedo negar que en ocasiones me asaltaban las dudas, y me planteaba seriamente si tenía sentido lo que estaba haciendo; pero entonces me iba a la playa, de la que nunca me alejaba, y aspiraba profundamente el olor a mar, escuchando el batir de las olas y contemplando las hojas amarillentas de los cocoteros reflejar la luz del sol de los trópicos. La escena se repetía en diferentes lugares: Caribe, Mar Rojo, Zanzíbar o Tailandia, pero siempre llegaba a la misma conclusión: no cambiaría esta vida plena de belleza y emociones ni por todas las casas con jardín y perro del mundo.

Utila ya se me estaba quedando pequeña y hacía días que andaba barruntando un cambio de aires aprovechando que la temporada fuerte de buceo se acercaba a su fin, y no perjudicaría demasiado a Jack si lo dejaba sin uno de sus instructores. Además, el ambiente en el centro de buceo se enrarecía a cada día que pasaba, imagino que por el descenso de la clientela. Así que no me costó mucho decidirme a tomar unas vacaciones en mi San Francisco natal, donde aprovecharía para visitar a los amigos, a la familia y, de paso, averiguar algo más sobre mi intrigante descubrimiento.

Empaqueté mis escasas pertenencias en la mochila, envolviendo con cuidado la pesada campana, consciente de que me vería obligado a pagar a la compañía aérea por exceso de peso, y de que si me pescaban en la aduana con una reliquia arqueológica me podía pasar una buena temporada disfrutando de la célebre hospitalidad de las cárceles hondureñas. Pero aun bajo ese riesgo, mi determinación era firme.

Lo que no podía llegar a imaginar en ese momento, mientras disimulaba la pieza entre mi equipo de buceo, eran todas las aventuras y peligros a los que abocarí esa decisión.

Capítulo 2

Una semana después, aterrizaba en el Aeropuerto Internacional de San Francisco y le pedía a un taxista que me dejara frente a mi modesto apartamento de la calle Natoma, en el centro del camaleónico barrio de South of Market. Se trata de un pequeño ático de grandes ventanales y una terraza con dos tumbonas de plástico amarilleadas por el sol, una sola habitación, un baño, un salón y una cocina que, eufemísticamente, podría definir como íntima. Toda la vivienda parecía haber sido diseñada a escala de la diminuta casera, por lo que con mi 1,80 nunca acababa de encontrarme muy a mis anchas en ella; pero por el ínfimo alquiler que pagaba y los tiempos que corrían, ya me podía dar con un canto en los dientes.

Dejé la mochila en el comedor y, sin encender las luces, me fui a la nevera, acordándome al abrirla de que no tenía luz, agua, gas y mucho menos comida, por lo que, encogiéndome hombros, me encaminé resignado a la habitación y me dejé caer en la cama con los brazos en cruz, víctima del cansancio, el jet lag y los asientos clase turista.

Horas más tarde, cuando mi reloj interno me decía que eran las dos de la tarde, desperté, justo en el instante en que el sol se ponía sobre las azoteas y anunciaba la llegada de la noche. Contemplando el resplandor rojizo que se colaba por la ventana, intenté decidir si tomarme una ducha o bajar a comer algo al restaurante chino de enfrente. Entonces recordé que no tenía agua, y el estómago protestó sonoramente con un rugido que despejó cualquier duda.

Devoré unos tallarines mientras repasaba mentalmente lo que haría al día siguiente. Tenía que ir a ver a mi madre, tanto para saludarla, como para aprovecharme de su ducha, dar de alta los servicios básicos, y decidir qué pasos debía seguir para averiguar la historia de aquella campana submarina. A pesar de que al día siguiente todavía me hallaría bajo los efectos del cambio de franja horaria, tendría que madrugar para hacer al menos la mitad de las cosas que tenía previstas. Así que, tras un corto paseo para estirar las piernas, y después de retomar una vez en casa un libro de buscadores de tesoros que había leído hasta la mitad, me tomé un par de somníferos y me fui a dormir, soñando con piratas y campanarios hundidos bajo las aguas.

– ¡Ulysses! ¿Cuándo has llegado? ¿Por qué no me has avisado? ¡Te habría ido a buscar al aeropuerto! ¡Pero pasa hijo, no te quedes en la puerta! ¡Que moreno estás! -dijo sin siquiera respirar aquella mujer cercana a los sesenta con un vestido de colores chillones, pelo castaño con mechas rubias y gafas de gruesa montura negra, estilo secretaria.

– Hola, mamá, me alegro mucho de verte –acerté a decir en cuanto pude meter baza, dándole un cariñoso abrazo-. ¿Cómo va todo por aquí?

– Pues bien, como siempre. Pero si me hubiera muerto tampoco te habrías enterado. Te has pasado casi tres meses sin llamar

-Lo siento, pero es que ya sabes que no me gusta mucho hacerlo, y además -añadí bromeando-, sólo me relaciono con mujeres de mi edad… En fin, tengo una reputación que mantener.

-Vaya elemento me ha tocado como hijo. Sabía yo que tenía que haber adoptado aquel chinito tan simpático.

– Igual se te habría comido al perro.

– Quizá, pero al menos habría llamado para decirme qué tal estaba.

Superado el interrogatorio inicial, y mientras mi madre me preparaba una enorme hamburguesa de ternera con queso, cebolla caramelizada y patatas fritas, aproveché para ducharme. Era siempre un placer regresar a casa tras pasar una larga temporada en el extranjero. No hay nada como los olores e imágenes almacenados en la memoria desde niño para hacerle a uno sentirse en el hogar, seguro, protegido y, por que negarlo, mimado.

– Veo que sigues pintando –comenté en voz alta, mientras ojeaba los cuadros que cubrían totalmente las paredes de la casa.

– Pues sí, y voy a montar una exposición con unas amigas -me contestó orgullosa desde la cocina

– ¿Una exposición? ¿De qué?

– Tú hazte el gracioso, que como venda un cuadro te voy a restregar el cheque por la cara.

– No, mamá, si me alegro mucho. De hecho, hasta me estoy riendo.

– A que te quedas sin hamburguesa.

– Vale, vale, me rindo. ¿Cuándo es la exposición?

– Aún hemos de concretar fechas, pero será en un mes, más o menos.

– Pues que tengas mucha suerte… –y temiendo quedarme sin almuerzo, puntualicé- Y no quiero decir con ello que te haga falta.

Tras resumirle mis últimos meses en Utila en unas pocas frases evitando el episodio de mi hallazgo y devorar el almuerzo, le tocó a mi madre ponerme al día de todos los chismorreos que la rodeaban a ella y sus amigas, incluyendo, sobre todo, los detalles más escandalosos de las que aún estaban casadas. Eran como una sociedad secreta en la que viudas y divorciadas, trataban de empujar a las que según ellas eran aún esclavas de un hombre, a la alegre vida de la soltería. Tras escuchar durante casi una hora con más educación que interés, le dejé una bolsa de basura con mi ropa sucia para su lavadora y me despedí de ella con dos besos, excusándome con que tenía mucho que hacer y que volvería al día siguiente para que me contara los últimos detalles del divorcio de su amiga Jenny, y de paso, para recoger la ropa que le había dejado.

Estaba ya a punto de irme, cuando recordé algo y asomé la cabeza desde la entrada.

– Mamá, por cierto, ¿tendrías por ahí el teléfono del profesor Whitbread?

– ¿De ése? No sé. No creo. ¿Para qué lo quieres? –contestó, mudando la expresión de su cara, de una sonrisa a un gesto que bien podría significar que acababa de oler un huevo podrido.

– Es que tengo que preguntarle algo y necesito dar con él

– Pues no se me ocurre qué le puedes preguntar a ese carcamal, si no es sobre polvo y telarañas –replicó, aún con la misma mueca de desprecio.

– Venga, mamá, es importante…

– Ya miraré por ahí, en la basura, que es por donde debe andar –accedió con un gesto displicente de la mano, pero dando a entender que lo hacía muy a su pesar.

– Gracias mamá. Hasta mañana –y cerré la puerta tras de mí.

Recordé demasiado tarde, la animadversión que mi madre sentía por el profesor Whitbread. Estaba convencida, de que la obsesión por los mitos arqueológicos que embargó a mi padre los últimos años de su vida eran consecuencia de su amistad con el profesor, responsabilizándole de contagiarle sus locuras y de haber monopolizado su atención hasta el día de su muerte. Y la verdad es que la imagen de mi progenitor ha quedado ligada en mi memoria a la del “profe”, como yo solía llamarle; y casi tengo más imágenes de mi padre sonriendo feliz junto él, que haciéndolo junto a mi madre.

Dediqué el resto del día a convertir mi ático en un lugar habitable, y por la noche, aún a la luz de las velas, saqué la reliquia del barreño con amoníaco donde la había dejado nada más llegar. Con cuidado, ayudándome de un picahielos y un cepillo, comencé a separar del metal el amasijo de coral muerto que lo envolvía y que, una vez cumplido el amoníaco su función, se desprendía con gran facilidad.

Metódicamente, iba descascarillando capa tras capa, hasta que de madrugada conseguí dejarlo limpio de adherencias, pero aún cubierto en parte, por una costra verde que no estaba seguro si debía eliminar. La pieza, que definitivamente se confirmó como una campana, tenía dos franjas que la rodeaban a media altura, y entre ellas unos símbolos o dibujos muy desgastados, que a esas horas se me hacía imposible estudiar con detenimiento. Vencido por el sueño, decidí dejarlo todo para el día siguiente e irme a dormir. Pero ya de pie, frente a la mesa, cuando me disponía a apagar las velas, no pude evitar contemplarla una última vez.

Bajo la oscilante luz, la campana despedía los reflejos fantasmagóricos de su pasado, como tratando de explicar desesperadamente una terrible historia en una lengua que yo era incapaz de entender.

A media tarde del día siguiente ya tenía luz y agua, e incluso el teléfono del profesor Whitbread, que mi madre me había dado muy a regañadientes. Bajé a la cabina de la esquina y marqué su número.

– ¿Diga? -contestó una voz firme al otro lado

– Hola, ¿el profesor Whitbread?

– Al habla. Dígame

– Soy Ulysses Vidal

– ¿Ulysses? –respondió, con un exagerado tono de incredulidad

– El mismo. ¿Cómo está, profe?

– ¡Muy bien, muy bien! -respondió animadamente- ¿Y tú? ¡Hacía muchísimo que no sabía de ti! ¿Estás en San Francisco?

– Sí, he llegado hace un par de días. Verá, me gustaría quedar un día con usted… si fuera posible

– ¡Claro hijo, claro!, ¿cómo no va a ser posible? Cuando quieras.

– ¿Le parece bien mañana?

– Tendrá que ser por la tarde. ¿Te quieres pasar por mi casa?

– Gracias, pero preferiría que viniera usted a la mía. Hay una cosa que quiero enseñarle.

– ¿De qué se trata?

– Pues aún no lo sé, por eso me gustaría que viniera usted a verlo.

– ¿Sigues viviendo en el mismo apartamento?

– Aquí sigo por ahora. ¿Le va bien a las seis?

– Allí estaré –confirmó, y tras una pausa añadió-. Tiene que ser muy viejo.

– ¿El qué?

– Lo que sea que quieras enseñarme, para que necesites la opinión de un aburrido profesor de Historia Medieval ya jubilado.

Las siguientes llamadas de la tarde, fueron vanos y frustrantes intentos por conseguir quedar con alguno de mis antiguos amigos. “Mucho trabajo en la oficina y, he de llevar el coche al taller y me va fatal esta semana”, fueron las poco originales excusas que me ofrecieron. Pero no podía culparles, los tres estaban ya casados, saturados de compromisos y abonados a hipotecas sentimentales a pagar en treinta años. Este era uno de esos momentos en que me sentía terriblemente solo, con amigos con los que cada vez tenía menos cosas en común, y cada día más lejano del resto de un mundo en el que no encajaba desde hacía mucho tiempo; como si los demás supieran algo que a mí no me habían explicado y que resultaba imprescindible para sentirte parte de él.

¿Pero qué se le va a hacer? Si no estás obcecado con tener una familia y tampoco valoras demasiado las propiedades o el reconocimiento ajeno, descubres que muchas actitudes dejan de tener sentido. Tal vez, como me dijo una vez una mujer, me había quedado anclado en los ventipocos años y seguía viviendo de sueños y presentes inmediatos; cautivo voluntario del Carpe Diem.

Tal vez.

Pero lo cierto es que no cambiaría mi vida por ninguna otra, aunque aquella noche hubiera entristecido de repente, empujándome a nadar hasta el Castaway, mi bar favorito en el Deco Ghetto, para entregar allí mi alma a la ginebra azul y quizá, también, encontrar flotando algún tablón de hermosas curvas al que asirme en esa mustia noche de finales de septiembre.

Me desperté más tarde, más resacoso y más solo de lo que me hubiera gustado, y hasta que no tomé una ducha fría –inevitable, por otro lado, pues aún no tenía gas-, no pude volver a poner a cada neurona en su sitio. Secándome frente al espejo, observé que, a pesar de las ojeras, ofrecía un buen aspecto. Sin ser excesivamente musculoso me hallaba en buena forma, el moreno de mi piel ya se había instalado definitivamente, y aunque estaba lejos de parecerme a Brad Pitt, la experiencia me había demostrado que resultaba atractivo a cierto tipo de mujeres; lo que ocasionalmente, me permitía gozar de compañía cuando echaba de menos una piel por la que navegar.

Un rato después, ante la duda de desayunar o almorzar, miraba alternativamente, de pie frente al armario de la cocina, un tarro de Nutella y una lata de frijoles refritos; indeciso sobre qué me apetecía más a tales horas de la mañana, o de la tarde, según se mirase. Finalmente, salió triunfante mi lado goloso y untaba con fruición el chocolate en el pan inclinado sobre la mesa del salón mientras en el centro de la misma, una pequeña campana de tonos verdosos desentonaba con todo lo que la rodeaba, haciendo parecer banal cualquier objeto de la sala por mundano y perecedero.

Puntual, sonó el zumbido del interfono y dos minutos después, unos nudillos golpearon con fuerza la puerta de la casa. La verdad es que me temblaba algo la mano al mover la manija, llevaba muchos años sin encontrarme cara a cara con el “profe”, casi desde el accidente, y aunque la conversación telefónica del día anterior me había tranquilizado mucho, no sabía qué actitud podría tener conmigo tras ignorarle durante tan largo periodo de tiempo.

Pero esa duda duró lo que tardé en abrir la puerta.

Frente a mí, me encontré la familiar figura del antiguo amigo de mi padre. Algo más bajo y con el pelo más canoso de lo que recordaba, pero por lo demás exactamente igual: la barbilla huidiza, la sonrisa franca, y los enormes ojos azules tras las gafas de carey. Incluso estaba seguro, de que los poderosos músculos de los que presumía antaño, seguían tan firmes como por entonces, debajo de la inevitable camisa a cuadros y de la chaqueta de punto.

– ¡Ulysses! ¡Cuánto me alegro de volver a verte!- bramó, estrujándome en un auténtico abrazo de oso

– Yo también, profe -contesté entrecortadamente-. Pero como no afloje, va a ser la última

Rió con ganas, pero no me soltó hasta al cabo de unos segundos, apartándose un poco para mirarme de arriba abajo.

– O tú has crecido, o yo me he encogido –comentó–. Estás más alto.

– ¿Y a usted qué le ha pasado en el pelo? ¿Se lo ha teñido de blanco para parecer más respetable? Si es así, ya le digo que no funciona.

– Mira quién fue a hablar, a saber el dineral que te has gastado en rayos UVA para estar así de moreno, y seguro que sigues sin comerte una rosca.

Nos reímos con ganas, felices de reencontrarnos y seguir con nuestras puyas de siempre, como si no hubieran transcurrido cerca de diez años, desde que nos encontramos por última vez en el funeral de mi padre.

Pasamos al salón, y durante más de una hora nos pusimos al corriente de nuestras respectivas vidas. Supe que, hastiado de la enseñanza, se había prejubilado y ahora dedicaba su tiempo al gimnasio y a escribir un tostón –lo admitía él mismo–, sobre la expansión comercial mediterránea dela Coronade Aragón en el siglo XIV. No pensaba que pudiera publicarlo jamás, pero lo mantenía entretenido.

Yo le enumeré la multitud de lugares donde había estado y lo que había hecho en cada uno de ellos, y cuando llegué a la parte de Utila le relaté brevemente el episodio del hallazgo.

– ¿Es eso que tienes sobre la mesa? -preguntó señalando con la cabeza la pieza, oculta bajo una toalla roja.

Asentí con la cabeza.

– Qué teatrero eres –me miró, riéndose–. Vamos a ver que tenemos aquí -dijo, apartando la toalla. Y al instante, una muda expresión de asombro apareció en su rostro.

– ¿Qué le parece? –pregunté, al cabo de casi un minuto esperando a que dijera algo.

– Es una campana.

– Vaya, pues menos mal que ha venido, y yo que creía que se trataba de un clarinete.

– Es una campana -repitió, ignorando el sarcasmo–. Una campana de bronce.

– Lo que me pregunto es ¿cómo ha ido a parar una campana de bronce al fondo del Caribe? No sé de ningún campanario plantado en un arrecife.

– No, no es de ninguna iglesia –dijo quedamente–. Ésta es la campana de un barco.

– ¿Desde cuándo llevan los barcos una campana?

– Ahora casi ninguno. Pero antes todos llevaban una en el puente –afirmó, haciendo una pequeña pausa, y pasando la yema de los dedos por su superficie añadió– Y ésta, por la forma que tiene y la capa de óxido que la cubre, debe de ser muy, muy antigua. Me gustaría poder datarla, pero resultará complicado.

– Bueno, quizá las inscripciones ayuden

– ¿Inscripciones? ¿Qué inscripciones?

– Las de la campana. Si no estuviera tan cegato las habría visto, aquí, entre las dos franjas -le dije, señalándolas con el dedo.

– ¡Es verdad! Si me permites llevármela a la Universidad de Berkeley, podré descifrarla en unos días –dijo, agarrándome el brazo con su mano izquierda.

– Eso no va a ser necesario.

– ¿Cómo que no? Es la mejor pista que tenemos para averiguar su origen

–  Pues no va a ser necesario, porque ya lo he descifrado yo solo.

– ¿Cómo? Apenas puede adivinarse que hay algo escrito ahí.

– Fácil, con papel y lápiz –contesté, divertido con su confusión, mientras me sacaba del bolsillo y le tendía una hoja de papel totalmente rallada a lápiz, y en la que podían leerse claramente dos palabras en latín.

– ¿Me estás tomando el  pelo? –dijo casi susurrando, mientras leía una y otra vez la hoja que tenía entre sus manos.

– En absoluto profesor. Lo he calcado esta mañana, aunque no sé qué significa. Ya sabe que mi latín no está muy allá.

El profesor Whitbread se volvió en su silla y me miró fijamente por encima de sus gafas durante un largo rato.

– Ulysses, ¿me juras que todo esto no se trata de una broma?

Ésta vez fui yo quien lo miró atentamente, extrañado ante tanta desconfianza. Una gota de sudor corría por su frente y creí percibir un ligero temblor en sus labios. Nunca lo había visto así.

– Ulysses, en esa campana pone MILITES TEMPLI.

– Ya ¿y qué?

– Pues que eso es imposible.

– Será imposible, pero ahí lo tiene.

– ¿Y estás seguro de que la desenterraste del coral, frente a la costa de Honduras?

– ¡Claro que estoy seguro! –ya empezaba a molestarme tanta duda–. Aquí está la prueba ¿no? –dije, señalándola con ambas manos– ¡Si incluso tiene aún trozos de coral pegados!

– ¿Pero es que no lo comprendes, Ulysses?

– No, la verdad es que no comprendo a qué viene tanto escepticismo. Un barco antiguo se hundió y yo encontré su campana. Hay docenas de barcos hundidos en aquella zona. Puede que, con suerte haya algo de más valor allí abajo, y si soy el primero en encontrarlo a lo mejor salgo de pobre.

– No, Ulysses. Se trata de mucho más que eso. Quizá hayas hecho uno de los mayores descubrimientos de la Historia.

Entonces fui yo el que se quedó sin habla.

– ¿De qué está hablando?

– Estoy hablando de que MILITES TEMPLI, era el nombre común por el que se denominaba ala Orden de los Pobres Soldados de Cristo. Más conocidos como los Templarios.

– Vale, se trata de un naufragio templario. ¿Y qué?

– Cómo que ¿y qué? –protestó, indignado por la poca repercusión de sus palabras- ¿Es que no sabes nada de historia?

– ¡Sé quiénes fueron los Templarios! –repuse, levemente ofendido–. Pero no veo porqué le resulta increíble, que fueran los propietarios de ese barco.

– Es que lo increíble no es el quién, sino el cuándo.

Y ahí sí que me dejó totalmente desconcertado. No entendía nada, y alcé las cejas en una muda interrogación.

– Ulysses,la Ordendel Temple se creó en el año 1118 para proteger las rutas de los peregrinos a Tierra Santa y…

– Perdone –le corté, levantando la mano- ¿Puede ir al grano?

El profesor Whitbread pestañeó algo molesto por la interrupción y tardó unos segundos en reaccionar.

– Resumiendo –prosiguió-;la Ordenacumuló tanta riqueza y poder, que Felipe IV de Francia y el Papa Clemente V movidos por la avaricia, conspiraron para arrebatarles todas sus posesiones a los Templarios amparándose en unas absurdas acusaciones de sacrilegio, y a consecuencia de ello todos sus miembros fueron perseguidos y encarcelados, o incluso asesinados, en septiembre de 1307 –dijo recalcando la fecha-, terminando de esta forma rápida y brutal conla Ordendel Temple. La mayor y más poderosa institución de todala Edad Mediaque a partir de esa fecha fue disuelta para siempre –sentenció.

El profesor dejó caer la última frase como un epitafio y frunció el ceño, al comprobar que sus palabras no me producían el efecto esperado.

– ¡Ulysses, por Dios! ¿Es que no te das cuenta? -clamó elevando las manos al cielo- ¿Es que ni siquiera recuerdas en que año se descubrió América?

– ¡Claro que lo sé! –repliqué indignado-. El doce de octubre de mil cuatrocientos noventa y… ¡Joder! ¡No es posible!

Capítulo 3

Llevaba más de diez minutos mirando la carta del restaurante sin prestarle la menor atención, y cuando regresó el camarero tailandés por segunda vez, aún no había dedicado un solo segundo a decidir lo que quería cenar.

– ¿Han elegido ya? –preguntó, con un ligero tono de impaciencia

– Sí, esto… tomaré un pollo con anacardos y de beber, agua sin gas -dije, mientras mantenía la carta abierta, pero sin haberla leído-. ¿Y usted, profesor?

– ¿Yo qué? -contestó sorprendido, levantando la vista de un menú que desde que se había sentado, mantenía sujeto boca abajo entre las manos.

– ¿Qué va a cenar, profesor? -le dije, mientras apuntaba con las cejas al camarero

– Ah, eso. Quiero una ensalada y agua, gracias.

Era evidente que ambos teníamos la cabeza en otro sitio. Concretamente, en el edificio acera de enfrente, a siete pisos de altura. Habíamos decidido salir a cenar, y así tranquilizarnos un poco tras el inesperado descubrimiento. Pero los nervios seguían  atenazándonos el estómago y casi no nos habíamos mirado desde que salimos de la casa. Finalmente, fui yo quien decidió abordar de nuevo el tema.

– ¿Y si alguien, en el siglo XVI o XVII, hubiera encontrado esa campana y decidido ponerla en su barco? -cuestioné con poco convencimiento.

– No lo creo. La campana de un barco era su símbolo, no instalaban la primera que se encontraban por ahí.-contestó, desechando la posibilidad con un gesto de la mano

– ¿Y si alguien hubiera forjado esa campana doscientos años más tarde, pero copiando el lema de los Templarios? -insistí

– ¿Y para qué iba alguien a hacer tal cosa? Los Templarios, como ya te dije antes, fueron disueltos tras un juicio en el que se les acusó de culto al diablo y de sodomía. ¿Crees que alguien tomaría su nombre para ponerlo como símbolo de un barco? Sería tan inteligente, como disfrazarse hoy en día de Bin Laden y ponerse a hacer footing por el parque.

– Vale, de acuerdo. Sólo intento buscar fallos en nuestro razonamiento. Hace un rato era usted el que decía ¡Imposible, imposible! Antes de empezar a bailar sobre la mesa, quiero estar seguro de que no nos estamos pasando algo por alto.

– Yo también estoy dándole vueltas desde que me enseñaste la dichosa campana, pero no se me ocurre en qué podemos estar equivocados. Cuanto más lo pienso, más seguro estoy de que mi análisis es correcto.

– Bueno, entonces, suponiendo que estemos en lo cierto; ¿Cuáles son los pasos a seguir en estos casos? ¿Llamamos a los periódicos, a la Universidad …al libro Guiness?

– Por ahora, a nadie. Tenemos sólo una campana oxidada y tu palabra. Si diésemos ahora la noticia, enseguida nos tacharían de farsantes, y en el mejor de los casos, si alguien nos creyera, sería para quedarse a cambio con toda la gloria del hallazgo. Créeme, hasta el investigador más honorable vendería a su madre por un descubrimiento así.

– Entonces ¿qué sugiere? ¿Que no se lo digamos a nadie?

– Así es. Deberíamos rebuscar en los archivos información acerca de los Templarios, sobre sus conocimientos de navegación, e intentar hallar alguna prueba que pueda apuntalar nuestra teoría. Y entonces, cuando estuviésemos preparados, presentarla en determinados círculos académicos y ver cómo reaccionan.

– Ya, apasionante. Pero se me ocurre otra idea. Lo que necesitamos son más pruebas ¿no?

– Sí, claro.

– Pues ¿por qué no vamos a Utila y las conseguimos nosotros mismos?

– ¿Qué quieres decir?

– Pues me refiero a meternos en el agua y buscar. Conozco exactamente el lugar donde encontré la campana, y nada nos impide volver allí y escarbar un poco, a ver qué encontramos.

– ¿Estás de broma? Una excavación arqueológica de tanta importancia no puede consistir en escarbar un poco. Debe realizarse tras una exhaustiva preparación documental y bajo la más estricta supervisión de los mejores expertos del mundo. Te estoy hablando de varios años de planificación, y aún más de trabajo de campo.

– Ya veo -comenté, frotándome la barbilla–. Y toda esa investigación, si es que se realiza algún día, ¿será usted quién la dirija o la seguirá por la televisión por cable en Deep Sea Detectives? Según me acaba de confesar, la competencia en su campo es feroz. ¿Cree sinceramente que nos permitirían siquiera aparecer en los títulos de crédito al final de la película?

– Bueno, la verdad es que sería complicado participar en una empresa de tal importancia -admitió, al tiempo que bajaba la vista a un plato de ensalada que no habíamos visto llegar-. Imagino que tarde o temprano, nos dejarían al margen.

– ¿Y le parece bien?

– En fin, lo verdaderamente importante es el descubrimiento en sí, no quien lo realice -contestó sin mucha fe–. Seguramente, los que lleven a cabo el trabajo serán mejores que yo, y estarán más preparados.

– ¿Lo dice en serio?

– No. La verdad es que no… no lo sé, vaya -respondió dubitativamente–. Pero de cualquier modo, no tenemos ni los medios ni los permisos necesarios, no podríamos hacerlo aunque quisiéramos.

– Nosotros solos no, pero conozco a alguien que tiene los medios. Y los permisos en Honduras… bueno, hay muchas maneras de conseguirlos.

– ¿Y quién es ese alguien que puede ayudarnos?

– Se trata de un tipo llamado John Hutch, al que conocí hace años cuando buscaba trabajo en Florida. Y lo más interesante, es que posee una empresa llamada Hutch Marine Explorations, dedicada a la recuperación de barcos hundidos.

– ¿Me estás hablando de un cazatesoros? ¿No quieres meter a la Universidad de Berkeley en esto, pero sí a un cazatesoros?

– Exactamente. Un cazatesoros con un barco magníficamente equipado para la localización de pecios, una buena nómina de especialistas en recuperaciones y más de diez años de experiencia. Es, sin duda, el mejor en su campo, y nos ahorraríamos un montón de trámites.

– ¿Y te fías de él?

– ¡Por supuesto que no!, pero firmaríamos un contrato y nos aseguraríamos de llevarnos nuestra porción de gloria. El único inconveniente –apunté, concentrando la vista en el platito de pistachos-, es que los cazatesoros, como usted los llama, sólo actúan movidos por una razón: el dinero. Y no estoy muy seguro de que el prestigio y la fama, sean acicates suficientes para que el señor Hutch se apunte a nuestra pequeña aventura. Quizás habría que inventarse algo, convencerlo de que puede encontrar oro y joyas bajo ese arrecife. Seguro que usted puede idear una historia que parezca verídica, y con su currículum y sus canas, convencerlo de que es un hecho cierto.

El profesor sonrió bajo sus gafas y se retrepó lentamente en la silla con evidente satisfacción.

– Querido Ulysses, eso, afortunadamente, no va a ser necesario.

– ¿Y puede saberse por qué no? –inquirí, extrañado por su actitud complaciente-. Los tipos como Hutch sólo responden al brillo del oro.

– Pues no va a ser necesario, amigo mío, porque esa historia ya existe.

– ¿Cómo? ¿Qué historia?

– La historia que quieres que me invente sobre oro y joyas enterradas bajo el arrecife, en el interior de un barco dela Ordendel Temple -dijo, y ensanchando aún más su sonrisa me preguntó-. ¿Es que nunca has oído hablar del tesoro perdido de los Templarios?

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